En respuesta a la marcha de protesta del 1.º de diciembre pasado contra el gobierno, el presidente López Obrador declaró que los participantes se habían disfrazado de ciudadanos, pero habían sido desenmascarados y quedaron exhibidos como militantes de partidos de oposición. Con esta apreciación el señor presidente expresó su desdén por un acto que no le merecía ningún respeto porque, según él, no se trataba de “gente íntegra, honesta, demócratas, gente buena…”.

Es más que probable que entre los miles de asistentes a ese acto haya habido miembros de distintos partidos, pero esa pertenencia no los hace menos ciudadanos, por la misma razón que el presidente sigue siendo militante de su partido, y ciudadano mexicano, al igual que los miembros de su gabinete son militantes del lopezobradorismo —filiación que es además un requisito casi explícito para el nombramiento—, pero no por ello les vamos a quitar el pasaporte ni la credencial de elector, que son dos documentos que le corresponden a todos los ciudadanos mexicanos, militen o no en algún partido.

Ilustración: Víctor Solís

Entiendo bien que el presidente está utilizando la diferenciación que se introdujo en el lenguaje de la democratización de los años noventa, entre esos dos atributos —la militancia partidista y la ciudadanía—. Sin embargo, cuando usa la palabra “militante” para descalificar a sus opositores olvida que pocos gobiernos ha habido en nuestra historia más militantes que el suyo.

Los priistas se caracterizaban por el pragmatismo, en cambio López Obrador nos ha hecho saber, y nos recuerda a diario, que sus decisiones de gobierno están sujetas a su proyecto, y éste es un documento de partido que apoya una parte del país. En ese sentido no es nacional, y su identificación con el propio presidente da significado a la machacona insistencia en que el principal criterio de contratación de sus colaboradores es 99 % honestidad y 1 % —tal vez— conocimiento, pero muchos son los ejemplos que prueban que esa definición en realidad se traduce en 100 % lealtad al presidente, compromiso con sus causas y determinación de arrancar de raíz todo aquello que evoque o que huela siquiera a “neoliberalismo”.

Si la ofensiva que el lopezobradorismo ha emprendido contra las reformas de los últimos treinta años, incluidas las que democratizaron el sistema político, no son producto de la militancia por el proyecto de Andrés Manuel López Obrador, entonces, el gobierno ha errado la estrategia  de comunicación porque nos ha hecho creer que más que un militante es un cruzado cuya misión es acabar con lo que antes llamaba el neoliberalismo y ahora llama “conservadurismo”. Sin embargo, el presidente va a tener que encontrar otra denominación para sus adversarios porque la liberalización de los últimos treinta años transformó al país. Tanto así que, en lugar de hablar de la cuarta transformación, si queremos ser precisos, tendríamos que hablar del proyecto lopezobradorista como la quinta transformación.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.