Las grandes líneas de política del gobierno del presidente López Obrador poco tienen de novedoso; tanto así que en lugar de denominar su programa de gobierno la 4.ª Transformación, sería más apropiado que lo llamara la 1.ª Restauración. En particular su interpretación del poder presidencial y de su ejercicio nos refiere a los años duros de la hegemonía del PRI, a Miguel Alemán y a Luis Echeverría que gobernaron con casi total discrecionalidad, y que hicieron de la ley un instrumento personal. Eso era lo normal en tiempos autoritarios.

El presidente López Obrador y su equipo están empeñados en desmantelar los diques que a lo largo de tres décadas de esfuerzos y luchas, construyeron ciudadanos y políticos profesionales de todos los colores, para contener el poder presidencial. Uno de los objetivos centrales de las reformas políticas del período democratizador era someter las acciones presidenciales a reglas que limitaran un poder que, de otra manera, puede tener efectos muy destructivos, en cambio la 1.ª R insiste en eliminar toda restricción a la voluntad presidencial; ese aire ha acompañado decisiones como la de abandonar la construcción del aeropuerto de Texcoco, construir una refinería en un terreno que no es el más apropiado o un tren peninsular cuya utilidad ya encontraremos.

El señor presidente odia al neoliberalismo y aborrece a los presidentes neoliberales. Nos dice que él es diferente. Es posible que no sea como Felipe Calderón o como Ernesto Zedillo, pero algo tiene de Vicente Fox y de Carlos Salinas; pero todos ellos ejercieron un poder acotado. López Obrador quiere ser como los anteriores a ellos, como los de antes de 1982, y quiere que los mexicanos sepamos que lo que él quiere, se hace. ¿El señor presidente quiere cumplir los deseos de Trump, a pesar de que en ello va nuestro honor perdido, nuestra dignidad, nuestras tradiciones? Cumplámosle a Trump, porque eso quiere el señor presidente.

Ilustración: Ricardo Figueroa

El presidente quiere ser tan poderoso como él cree que fueron sus antecesores priistas, y por eso quiere revertir todo cambio que les restó poder. Por ejemplo, a partir de los años ochenta la descentralización fue una política consistente con la definición constitucional del orden federal, que redujo el poder del presidente de la República, fortaleció a los gobernadores y se aplicó en áreas diversas de la administración. Ahora, en cambio, el objetivo es recrear ese poder presidencial, el poder absoluto que imaginó Daniel Cosío Villegas. El camino para lograrlo es la centralización, o sería más correcto hablar de recentralización, en marcha en muchas áreas del gobierno.

Lo que ahora ocurre indica que otra vez lo normal es que el presidente utilice la ley para beneficio de su persona y del personaje que de sí mismo construye, y para acallar a críticos y adversarios, Parecería que cree que los temas de derechos humanos o la defensa de nuestros derechos políticos fueron un paréntesis en una imperiosa normalidad autoritaria.

La embestida presidencial contra la democratización ha sido mucho más violenta de lo que alguna vez pudo ser la “normalidad autoritaria”, pues ni siquiera entonces se maltrataba públicamente a quienes se resistían a las imposiciones del presidente. A quienes presenta como presuntos culpables de crímenes contra la 4.ª T, o la 1ª R, como prefieran, los amenaza y los pone en la picota pública. El así denunciado y su familia viven la tortura de la incertidumbre que entre nosotros generaba en tiempos autoritarios el anuncio de la intervención de la policía o del Procurador, -Dios no lo permita- no porque sean culpables, sino porque la normalidad autoritaria que fabricaba pruebas, arrestaba sin órdenes de aprehensión, y encarcelaba sin sentencia, está de regreso.

Asimismo, el presidente y sus allegados políticos quieren recuperar el control del aparato electoral. Traer de vuelta el dirigismo electoral, administrar las listas de electores y vigilar que su voto coincida con el de la lista de beneficiarios de programas sociales; el control de las autoridades electorales, el control de los electores, el de los elegidos, de los candidatos, de los partidos de oposición. Basta un vistazo rápido a la Ley Federal Electoral de 1951 que introdujo el presidente Alemán, para identificar las semejanzas con el proyecto de reforma electoral que elaboran los morenistas.

Hace unas semanas, el presidente declaró en tono festivo que era muy fácil gobernar, que no entiende por qué hay quienes dicen lo contrario. Bendito él que no tiene problemas para tomar decisiones, que, aparentemente, no duda ni titubea, que no enfrenta dilemas de ninguna índole, que no tiene motivo para angustiarse, que es de todos querido, que es presidente de unpaís de felices. Pero a mí sus palabras me inquietaron porque yo tengo otros datos, y sé, como todos, sabemos que a él todo se lo planchan sus operadores políticos, y que a cualquier cosa que nos diga vamos a decir que sí, y los que digan lo contrario son unos neoliberales vueltos conservadores porque aquí en México, la oposición será lo que diga el presidente. Eso es lo normal.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.