Como ya es costumbre, el presidente se desdice, se contradice y en el peor de los casos, maldice en los soliloquios que pronuncia rayando el sol. En los últimos días ha repetido nuevamente aquello de que él no es como los de antes, (se entiende, como los presidentes de antes), pero en su empeño por diferenciarse se ha puesto a reescribir la historia, a su conveniencia. Me llama la atención que su relato sea tan parcial como para para no reconocer ni mencionar siquiera el proceso de democratización que tuvo lugar en el “antes” del que habla. 

La omisión presidencial es reprochable porque el período que va de 1988 hasta la derrota del PRI en el año 2000, es uno de los episodios más ricos de nuestra historia reciente, ha sido ampliamente estudiado y analizado, y no se le puede falsificar con facilidad. Habrá que recordarle al señor presidente que podrá borrar de la foto —como Stalin borró a Trotsky— todo lo que quiera, pero que no todos los mexicanos estamos dispuestos a aceptar y adoptar sus olvidos, sobre todo cuando mutilan un tramo central de la historia política reciente; nosotros, que no queremos olvidar, sino defender la democratización como un pasado perfectamente legítimo y como un presente irrenunciable.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Del cambio político que ocurrió en los años de la reforma liberal, López Obrador se benefició personalmente. Entre 1994 y 2018 fue candidato a gobernador de Tabasco, dos veces candidato presidencial, llegó a jefe de Gobierno de la capital de la República aun cuando su credencial de elector no era del Distrito Federal, sino del estado de Tabasco, fundó dos partidos políticos y desfundó por lo menos uno. Pudo mandar a sus huestes a ocupar el Paseo de la Reforma durante meses, sin que nadie lo molestara a él o a sus seguidores que instalaron tiendas de campaña que permanecían vacías días enteros, mientras los coches se amontonaban desesperados y los transeúntes arriesgaban la vida al cruzar la avenida en la que los lopezobradoristas se mecían con placidez. Yo, la verdad, no recuerdo que a los opositores políticos se les tratara con tanta consideración en el México que a López Obrador le gusta evocar como el paraíso perdido. Ya hubieran querido los seguidores de Juan A. Almazán en 1940, o de Miguel Henríquez Guzmán en 1952, que las autoridades capitalinas los toleraran y hasta los apoyaran como lo hicieron con los lopezobradoristas que fueron completamente indiferentes al costo que su protesta de colchón tuvo para el resto de la ciudadanía.

¿De qué se queja el señor presidente cuando se queja del pasado? ¿De sus propios errores de cálculo? ¿De sus desavenencias con los cardenistas? ¿De Rosario Robles enamorada? ¿Cuál fue en esos tiempos el principal obstáculo para el lopezobradorismo? ¿La represión, como quiere hacernos creer el presidente? ¿O los conflictos internos del PRD? ¿La irreconciabilidad de las tribus o la hostilidad de Vicente Fox, tan tartamudeante como López Obrador?

El presidente quiere reescribir la historia, su historia; ser heroico, omnisciente, pero como yo muchos más hay que recuerdan hechos distintos a los que él describe, al menos para el período al que se refiere. Tampoco recordamos el pasado que él dice rememorar cada vez que repite que antes México era un país de sólo corrupción, infelicidad e incompetencia. Ahora el presidente ha encontrado un nuevo argumento para hacernos creer que su elección es lo mejor que nos ha pasado desde que Francisco I. Madero fue elegido presidente. México era un país de contrastes y contradicciones, un país en el que la economía crecía, en que los servicios educativos del Estado se expandían, el porcentaje de la población que alcanzaba niveles más altos de escolaridad aumentaba, al igual que la población que recibía atención médica. En el pasado que el presidente López Obrador ha olvidado, muchos mexicanos aspiraban a ser mejores, a ser funcionarios respetables y leales, profesionistas honestos, y muchos, muchísimos, lo eran. En ese pasado que López Obrador insiste en presentarnos como motivo de vergüenza, fueron muchos los mexicanos que no medraban de los recursos públicos; pero cuando el presidente para legitimarse él y las extrañas decisiones que toma, denuncia a todos parejo nos trata como si fuéramos compadres de Enrique Peña Nieto. 

Curiosamente, el presidente no ha tocado a su antecesor ni por error —y eso que todo el tiempo se equivoca—, y el sadismo de sus funcionarios no lo ha respetado. Sabrán ellos porqué. Los demás sólo sabemos que en la historia que se escribirá ya no desde la presidencia de la República, sino desde el cubículo en el que se encierra el investigador, desde ese espacio de reflexión que el presidente ridiculiza, se escribirá una historia más creíble que la comedia de buenos y malos, la película en blanco y negro que proyecta la capacidad creativa del señor presidente.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana