Un día, por accidente, el jefe de la oficina se dio cuenta de que al pie del documento que había firmado, y que era similar al fajo de documentos que le traía a firmar su secretaria todas las mañanas, se leía “Sufragio efectivo, no reflexión”. Horrorizado llamó a la joven secretaria que le habían asignado en diciembre y le pidió que corrigiera el error. La muchacha lo miró con curiosidad y le preguntó cuál era la falta pues a ella le parecía una frase perfectamente clara: el sufragio para ser efectivo no requiere obligatoriamente, reflexión.

Además, dijo ella, prohibir la reelección es un sinsentido. ¡Si un presidente es bueno y querido por el pueblo con todo el corazón, si un presidente es el pueblo y es el Estado, qué mejor fórmula que dos en uno! Si un presidente habla con y como el pueblo, si lo representa y lo interpreta con una exactitud prodigiosa. Si un presidente sabe lo que es bueno y lo que es malo, quién es el enemigo y cómo terminar con él, ese presidente tiene que seguir siendo presidente porque ¿dónde y cuándo vamos a encontrar a otro como él? No importa que no aplique la ley que, después de todo es obra de malvados. Además, seguía el discurso de la joven, este presidente necesita más de seis años para terminar la transformación política del país y de  la sociedad. Sus objetivos son muy ambiciosos, y necesita nuestra fe ciega y toda nuestra confianza, y tiempo para alcanzarlos. Y remató su discurso con una expresión de reeleccionista que no se había visto desde que Rogelio de la Selva, secretario particular del presidente Alemán (1946-1952), lanzó la campaña reeleccionista de su jefe a finales de 1950.

El funcionario miró a la secretaria con gran susto, y quiso explicarle que algunas de las jóvenes democracias latinoamericanas que nacieron a finales del siglo XX, habían fracasado porque los presidentes se habían negado a dejar el poder una vez cumplido el mandato constitucional. Mencionó a Daniel Ortega en Nicaragua, a Evo Morales en Bolivia, al comandante Chávez y a Nicolás Maduro en Venezuela. Habló del porfiriato, de Francisco I. Madero, de la Revolución, de Álvaro Obregón. Explicó que durante treinta años mucha gente creyó que Porfirio Díaz era el hombre necesario, el líder indispensable, el hombre fuerte y el único que podía gobernar a México, porque conocía las necesidades del pueblo el único que podía exterminar al “Maligno”, y salvar a la patria en peligro. Esa misma gente pareció no darse cuenta de que la carta blanca que entregaba al presidente era una patente que le permitía deshacerse de la democracia y poner en pie una dictadura plebiscitaria cuyo centro era él mismo. El argumento último era “si el pueblo lo quiere, así tiene que ser porque el pueblo es sabio y bueno”.

En la Constitución mexicana que produjo la Revolución, la no reelección ha sido un principio intocable, primero, porque representa un vínculo poderoso entre el presidencialismo y el origen revolucionario del sistema político; durante décadas fue una fuente de legitimidad de la autoridad presidencial. Además, era prácticamente el único objetivo de la Revolución que se había alcanzado, una demanda popular que de manera excepcional había sido respetada. Cuando los presidentes se sometían al principio de la no reelección cumplían el compromiso de defender la Constitución, que es una obligación irrenunciable de todo presidente; el principio de no reelección fue sobre todo una fórmula efectiva para resolver la lucha por el poder que, si se desboca, puede causar graves estropicios.

Ilustración: Pablo García

Alvaro Obregón, casi volvió al poder en 1928, porque concluido su mandato, impulsó una reforma constitucional que reformaba el principio de la no reelección. Por su personalidad y su habilidad política, Obregón hubiera podido permanecer en la presidencia hasta 1965. A los 85 años el hombre indispensable habría designado un sucesor que defendiera su obra. De lo único que podemos estar seguros, es que el desarrollo político del país se habría paralizado durante cuatro décadas.

Miguel Alemán soñó con la reelección. Rogelio de la Selva movilizó apoyos en los extremos del territorio nacional: entre 1950 y 1952 llegaron cartas de diferentes organizaciones —la especialidad de de la Selva— de Chihuahua y de Yucatán —para probar que se trataba de una causa nacional— que “demandaban” “proponían” la reelección. Sin embargo, cuando la oficina del presidente ponderó el costo de la reelección, buscó una alternativa y se le propuso la “prórroga”, a la que había recurrido Benito Juárez. No obstante, se le señaló al presidente Alemán que la prolongación del mandato había sido posible porque el país estaba en la circunstancia extraordinaria de una guerra. A lo que respondió, imaginamos que era una broma, que a él le tocaba la guerra de Corea.

La tentación del reeleccionismo de Alemán se esfumó cuando intervinieron los ex presidentes Manuel Ávila Camacho y Lázaro Cárdenas y le sugirieron al presidente Alemán que diera carpetazo a su proyecto. Correspondió a Vicente Lombardo Toledano dar el tiro de gracia al reeleccionismo cuando dijo, más o menos: “Muy bien. Reformemos la Constitución, eliminemos la no reelección y el Partido Popular postulará a Lázaro”.

Si hoy se presentara una propuesta reeleccionista quién sabe adónde llegaríamos. Hoy no tenemos ex presidentes ni líderes sindicales que valgan, que actúen como una restricción al poder presidencial. La clase política mexicana fue diezmada por el último gobierno del PRI, la corrupción del PRD y las mezquindades panistas. El presidente mexicano puede mirar al horizonte y decirse “Ancha es Castilla”.

 

Soledad Loaeza 
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.