Decir que estamos presenciando el proceso de desunificación de Europa puede parecer una exageración, pero no lo es tanto si consideramos que actualmente la misma pregunta que se hacen los ingleses, “¿Nos quedamos o nos vamos?”, han empezado a hacerse muchos europeos. El próximo 26 de mayo irán a las urnas para votar a sus representantes en el Parlamento Europeo. No deja de ser una ironía que las preferencias favorezcan a partidos de extrema derecha que rechazan el europeísmo, y que, probablemente, una vez elegidos, harán todo por socavar las instituciones mismas que los han llevado al poder.

En Gran Bretaña, pese al referendum, negociaciones en Westminster, disputas internas en el laborismo y entre los conservadores el tema no ha sido zanjado, y los británicos siguen sin encontrar una respuesta que satisfaga a la mayoría. Mientras tanto, el gobierno está paralizado y Teresa May, que aspiraba a ser una segunda Thatcher, pero más amable, corre como gallina ciega de los conservadores a los laboristas en busca de una salida que nadie le ofrece.

Ilustración: Víctor Solís

Uno de los principales problemas de May es que un acuerdo es difícil de lograr cuando el tema divide a conservadores y laboristas, cuyos consensos internos se han fracturado; los partidos tradicionales están bajo una tremenda presión porque el tema europeo ha alterado las alineaciones internas. A los conservadores europeistas se oponen sus correligionarios enemigos de la UE; asimismo, hay laboristas a favor de permanecer en Europa, pero hay otros que creen que lo que más le conviene a su país es la separación. No es gratuito que hayan aparecido ya las profecías de desgajamientos producto de la fractura europea.

La urgencia de la respuesta británica a su crisis de identidad: “¿Somos europeos o no lo somos?”, estriba, entre otras razones, en que ha desencadenado violentos tremores en la política interna de todos los países del continente. Tan serios son los sobresaltos que la democracia en Europa parece una ilusión arrinconada, porque el antieuropeísmo fue el origen de partidos de extrema derecha que hace veinte años el electorado no tomaba en cuenta, pero que se han situado en posiciones de influencia y creciente importancia electoral, a pesar de que a muchos de ellos la democracia llegó de la mano de promesas de integración a la prosperidad de la UE.

El espectro ideológico de Europa se ha transformado por el surgimiento o el avance de movimientos de extrema derecha que siguen los pasos de Brexit. En Francia, apareció Frexit, en Holanda, Nexit, y seguramente vendrán más. El partido de Nigel Forage es número uno en las preferencias británicas; Marine Le Pen es primera en la lista de preferencias de los franceses; el crecimiento de Alternative für Deutschland se ha frenado, pero está en el tercer lugar de las preferencias alemanas; el movimiento Cinco Estrellas del italiano Salvini aspira a una fuerte representación. Lo impensable hace tres décadas ha ocurrido en Europa: el regreso de una extrema derecha muy cercana a la que llevó a Europa a la ruina, y a millones de seres humanos al Holocausto.

Así, el proyecto de integración económica más exitoso de la historia, que nació de una intención política: el arraigamiento de la democracia, puede encallar porque la creciente migratoria que ha llegado a las playas de Europa, ha impulsado el renacimiento de la defensa soberanista y de reivindicaciones ultranacionalistas que alimentan opciones antidemocráticas. La hostilidad de estas formaciones de extrema derecha a la UE nace de que este ente supranacional se ha construido con base en cesiones de soberanía que derribaban fronteras nacionales por el bien de la paz y la prosperidad europeas. Ahora la desaparición de esas barreras es considerada por muchos europeos como una amenaza a la supervivencia de su cultura, de su historia y del bienestar económico que lograron en el último tercio del siglo pasado. Sin embargo, es la recupeación de la soberanía nacional lo que la extrema derecha reclama.

Los líos que ha provocado Brexit son una lección para los demás. No se quieren ver envueltos en una dinámica dominada por un debate político que los enfrenta a su historia, a las debilidades de la democracia y a la ferocidad del resentimiento de los excluidos de la globalización.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.