El presidente López Obrador ha optado por una política de apaciguamiento con el presidente Donald Trump. Nada parece más desafortunado. La historia enseña que ésta es una estrategia que conduce derecho a la derrota cuando se trata de enfrentar a políticos agresivos, decididos a hacer valer sus intereses y su superioridad incluso pisoteando leyes y acuerdos previos. Los “acuerdos” que se firmaron el pasado 6 de junio entre México y Estados Unidos son una amarga demostración del fracaso de la diplomacia mexicana y del presidente López Obrador.

Donald Trump

Ilustración: Jonathan Rosas

El apaciguamiento. Appeasement en inglés tiene mala reputación. Se asocia de inmediato con la timidez y con la pérdida de la dignidad de Gran Bretaña y Francia frente a la Alemania nazi, que condujo a la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que su objetivo era, precisamente, evitar una nueva guerra. En nada se parece la relación entre México y Estados Unidos en 2019 a la situación europea en 1938; sin embargo, las semejanzas saltan a la vista: los desplantes y la insolencia del fuerte; así como la cortedad y el desconcierto del débil, y al final, su triste derrota.

Desde la militarización del Ruhr en 1936, que violaba una de las disposiciones del Tratado de Versalles, quedó claro que Adolf Hitler estaba preparando la conquista de Europa, también fue evidente que una de sus cartas en este juego perverso era el miedo de los aliados. Cuando las tropas alemanas marcharon al Ruhr, los franceses se quedaron paralizados y los ingleses miraron en otra dirección. Este fue el primer error. Si los aliados no habían hecho nada para detenerlo, le daban paso franco para que siguiera adelante con los atropellos. Nadie lo iba a detener.

En 1938 tuvo lugar una reunión entre los líderes de Gran Bretaña, Francia y Alemania en Munich, en la que se discutió el destino de Checoslovaquia que el dictador alemán había empezado a despedazar. Hitler era un buen psicólogo y explotador de las debilidades de su interlocutor. Hizo esperar largo rato a Neville Chamberlain, el primer ministro británico. Cuando por fin lo recibió estaba en un estado de alteración que aterrorizó a su huésped. (Chamberlain, ya en edad avanzada había hecho esa mañana el primer viaje en avión de su vida, que lo había dejado temblando) Hitler se encontraba en el ánimo conocido entre sus ayudantes como momentos de Teppichfresser (o masticador de alfombra), en los que perdía totalmente el control y se dejaba arrastar por una cólera desmedida, hasta caer al piso dando de patadas y echando espuma por la boca.

Durante la conversación con Chamberlain, cada objeción del inglés provocaba gritos y manotazos del alemán, hasta que le dio un ultimátum. Los intereses de Alemania serían respetados o sería la guerra. Justamente lo que más asustaba a los británicos y a los franceses. Chamberlain aceptó en aras de la paz el desmembramiento de Checoslovaquia, regresó a Gran Bretaña, donde fue recibido por una multitud que lo celebraba como el héroe que había salvado la paz, pero él sabía mejor que nadie que no había salvado nada, sólo pospuesto, había ganado, si acaso, un poco de tiempo. Por eso, al escuchar los gritos de entusiasmo de la multitud, Chamberlain se dijo con amargura. “Ah, los necios”. Me pregunto si una reacción así de honesta tuvo en su fuero íntimo alguno de los personajes que acompañaron al presidente López Obarador en el templete de Tijuana el domingo 9 de junio.

Al final, Hitler se apoderó de Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca, Bélgica, Noruega, Países Bajos, Francia y también tuvo la guerra que deseaba.

Cada vez que el señor presidente López Obrador dice que se reserva su derecho al silencio me hace pensar que, en realidad, no tiene respuestas. Su tímido llamado a la unidad nacional sugiere que cayó en cuenta de que sonaba falso luego de meses de mensajes divisivos, de enfrentar a los fifís y los chairos, a los corruptos y los honestos, a los neoliberales y a los ortizmenistas, a los morenistas y los no morenistas. El señor presidente desconfía de la mafia del poder en México, pero pone el futuro del país en manos de Donald Trump, a quien llama su amigo, aunque se trate de un extorsionador profesional que en su propio país ha sido considerado un hombre profundamente deshonesto.

Estamos a merced de los estados de ánimo de Trump. Ya nos hizo saber que si en 45 días no cumplimos con las metas que él ha fijado volverá a considerar la introducciòn de aranceles. El problema que tenemos es que no sabemos cuáles son esas metas, y lo mismo se las inventa hoy que mañana; pero la incertidumbre es otra de sus cartas y la juega con diabólica habilidad.

Apaciguar a la bestia es agotador y probablemente inútil. ¿Y si cambiáramos de estrategia, no nos iría mejor?

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.