Maximiliano de Robespierre, un abogado menor de una provincia todavía más menor que él, pasó a la historia por el papel que desempeñó en la Revolución francesa, como el representante de su ala más radical e intransigente. Está asociado con la violencia revolucionaria más que con las ideas de esa experiencia histórica. No obstante, era un extraordinario orador, capaz de sacudir los profundos resentimientos de una audiencia que no necesitaba mucho combustible para encenderse contra la raza de los aristócratas. Era tal su odio contra los nobles, que avaló la ridícula sentencia del tribunal revolucionario que condenó a la guillotina a un bebé de cuatro meses.

A Robespierre le gustaba que le llamaran El Incorruptible, y acusaba y denunciaba a todo aquél que se opusiera a la mayor de sus ambiciones: ser reconocido como líder único de una revolución moral que sería el punto de partida de una sociedad distinta. Creía que se podía partir de cero, pero para lograrlo, primero había que destruir todo vestigio del Antiguo Régimen, llegar a cero; una idea descabellada, que destruyó mucho más que lo poco que generó, excepto rencores.

Ilustración: Víctor Solís

En su camino al altar de la diosa Razón, Maximiliano en el poder perdió la cabeza, hizo a un lado a los camaradas de la primera hora de la revolución que se oponían a su radicalismo, a su brutal autoritarismo que desembocó en una dictadura, breve pero costosa, hasta que la Asamblea nacional lo detuvo. Sus fieles, espantados cambiaron de bando y Robespierre perdió la cabeza por segunda vez y ya no en sentio figurado.

Afortunadamente, no hay comparación posible entre el revolucionario francés y el presidente López Obrador que está muy lejos de dictar sentencias de muerte física. Sin embargo, la retórica revolucionaria los acerca, y en ese terreno hay algunos paralelismos entre ellos. El Incorruptible francés y el presidente mexicano comparten el radicalismo verbal, así como la convicción de que la concentración del poder es una prioridad, y el puritanismo una virtud pública. En el caso del mexicano, nuevamente por fortuna, la guillotina es una metáfora. Y si el francés se inclinaba ante la diosa Razón, el mexicano la ha mandado al exilio.

No me queda claro en qué dirección nos quiere llevar el presidente López Obrador, salvo las abstracciones y generalidades del tipo “una sociedad más justa”. A mí sí me gustaría saber adónde pretende llegar la 4T. Sabemos que el presidente aspira a convertir a México en un país de ángeles y querubines donde reinen el “peace and love”, que fue el lema de los adolescentes de los años sesenta; pero no sabemos mucho más. Cada miembro del gabinete parece hacer su propia revolución. Uno la maoísta, la de más allá se cree Josefina Stalin, otro asegura que sigue los pasos del Che Guevara, otro más no quiere ni puede hacer otra cosa que reformas à la PRI, y no faltan la IVª Internacional y la revolución zapatista —la de 1915 y la de 1994—. Una mescolanza que por algún motivo el presidente permite y alienta, aunque nos mantiene en ayunas de su propio proyecto. Nada más nos dice que es una transformación profunda, pero eso sólo la historia lo dirá, porque ni él sabe si los cambios que impulsa serán históricos.

Hasta ahora, el presidente ha ejercido el poder como si tuviera en las manos una pequeña guillotina que parece atada a su dedo índice, con la que cercena no sólo presupuestos, también reputaciones, carreras en la función pública, perspectivas de futuro para jóvenes profesionistas de clase media —que parecen ser los enemigos personales del señor presidente—; la legitimidad de la diversidad política y las jóvenes raíces de la democracia mexicana. ¿Es posible que la salvación esté en manos de Monreal Danton, el aliado que fue de Robespierre hasta que dejó de serlo?

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.