La elección presidencial de 2018 consumió de tal manera la energía y el capital de los partidos políticos que después de la batalla el PRI, el PRD, el PAN y hasta Morena, ofrecían el espectáculo desolador de una ciudad en ruinas. Las organizaciones que apoyaron las candidaturas de José Antonio Meade, Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador respectivamente, hoy parecen tambaleantes esqueletos tan frágiles que un soplido bastaría para convertirlos en polvo. Su debilidad se ha agravado porque el presidente López Obrador les ha manifestado de diferentes maneras que su existencia no le hace mucha gracia, cuando no les es abiertamente hostil.

Ilustración: Victor Solís

Tampoco simpatiza con los medios, con los grupos autónomos organizados, ni con actores políticos que pretendan interferir en su trato directo con los ciudadanos. López Obrador no habla el lenguaje de la democracia, sino que se apoya de continuo en el fantasma amorfo y anónimo del “pueblo”, pero nadie sabe de quién habla. Tampoco sabemos cómo se expresa el “pueblo” o cómo transmite sus demandas y su insatisfacción o satisfacción al señor presidente, a menos de que aceptemos las votaciones a mano alzada a las que invita como un método fidedigno de articulación de la voluntad popular. O que pensemos que el señor presidente tiene un sexto sentido con el que “adivina” lo que el “pueblo” quiere, y que se deja guiar por las encuestas de opinión.

La debilidad de los partidos es una muy mala noticia para todos. Incluso para López Obrador, quien debería tener presente la conseja atribuida a Jesús Reyes Heroles  (aunque el primero en decirlo en México fue Plutarco Elías Calles) de que “todo lo que resiste, apoya”. No sólo eso. Partidos, congreso, grupos de opinión o de interés, los medios no son un obstáculo para gobernar, antes al contrario, contribuyen al gobierno del país porque representan y articulan las nociones políticas de la opinión púbica, sus intereses, y sus objetivos. Mantienen informado al presidente, llegan a representarlo informalmente ante la sociedad, son correas de transmisión entre el gobierno y la sociedad, y contribuyen a estabilizar situaciones potencialmente conflictivas.

El presidente parece olvidar que el sistema político que intenta construir ya lo vivimos, que en el México de los años sesenta y setenta la presidencia concentraba todos los recursos políticos de la sociedad. Contrariamente, a lo que en apariencia cree López Obrador, el presidente de entonces tenía menos instrumentos para gobernar que un presidente democrático que se apoya en los actores mismos que ahora el jefe del poder Ejecutivo federal quiere suprimir, porque aspira a gobernar en vivo y en directo como dice él que quiere el “pueblo”. Pensemos que en 1968, muy pronto el presidente Díaz Ordaz se quedó sin instrumentos para tratar el movimiento estudiantil y creyó, porque así lo dictaba el autoritarismo institucional, que su única salida era la represión. Poco hay de original en su propuesta y ninguna de las experiencias similares al lopezobradorismo que podemos citar fue exitosa, pero como reza el dicho “Nadie aprende en cabeza ajena”. Y habría que añadir “y en más de un caso tampoco en la propia”.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.