La presidencia de Andrés Manuel López Obrador ha cumplido tres meses. En estas cortas semanas como un rabioso ángel exterminador, empuñó su espada flamígera y desató una degollina simbólica con denuncias, acusaciones y señalamientos que ha cimbrado a la administracion pública, y, por ende, al Estado mexicano. Ha sido tan violenta la embestida contra instituciones y funcionarios que uno se pregunta con qué va a gobernar el presidente. Hasta ahora la única respuesta que nos ha dado es “el pueblo”, pero retórica populista aparte, lo que vemos es que un presidente que fue elegido en buena parte por la confusa y difusa izquierda mexicana, ha hecho del ejército y de la iglesia católica sus principales aliados.

Ilustración: Jonathan Rosas

Sería un error ver en estas alianzas un accidente o una inevitable coincidencia. A mi manera de ver es indicativa de la orientación del proyecto de gobierno de López Obrador, de su cálculo político y del propósito moralizador que lo guía. Este no es el único motivo de alarma para quienes creemos en los avances democráticos que el país ha registrado, uno de cuyos frutos es la elección presidencial de 2018. De lo que hasta ahora hemos visto, lo más inquietante es que el presidente ha puesto en marcha un proceso de centralización y de concentración del poder en su persona que no tiene precedentes. Abandonemos de una vez el mito del presidencialismo omnímodo de la era del PRI, porque lo que ocurre actualmente poco tiene que ver con esa experiencia. Mientras los antecesores de López Obrador construían instituciones el actual jefe del Ejecutivo las destruye, mientras en el pasado se buscaba fortalecer al Estado nacional, ahora se trata de desmantelarlo. Las implicaciones de este proyecto saltan a la vista: desde la instauración de un presidencialismo sabelotodo, ciego y sordo a la sociedad diversa, hasta la intensa personalización de las decisiones de gobierno, y de sus acciones. La ofensiva lopezobradorista propone mucho presidente y poco Estado.

En el proceso de construcción de un poder personal el señor presidente ha identificado un enemigo interno, el neoliberalismo; sin embargo, no entiende esa noción como la denominación de una corriente de pensamiento que inspira una determinada política económica, sino que lo ve como si se tratara de una doctrina totalitaria que hubiera manchado el alma de la nación. En realidad lo que intenta hacer el presidente es movilizar el inflamable resentimiento social de los más desfavorecidos y criminalizar ofertas políticas distintas de la suya. La intención profunda de sus presentaciones matutinas en la televisión es no sólo controlar la agenda, también busca monopolizar la información, constituirse en el intérprete único de la realidad, ser el gran fiscal de la nación que como el ángel exterminador blande una poderosa espada con la que destruye la reputación y el prestigio de quien se le ponga enfrente. Busca construir apoyo con base en el resentimiento social y, exacerbar el ánimo público contra quienes fueron sus adversarios: denunciarlos, ofenderlos, insultarlos. No conocemos los valores positivos del lopezobradorismo porque hasta ahora se ha presentado sobre todo como una gran purga moral que se propone castigar a todos los impíos que cometieron el pecado ideológico de desempeñarse en la función pública en gobiernos neoliberales.

Una de las pretensiones más alarmantes del lopezobradorismo es cancelar el espacio a cualquier pensamiento, idea o alternativa política que le sea ajeno; de manera explícita el señor presidente nos ha hecho saber que camino sólo hay uno, el que él ha elegido. En el México lopezobradorista no hay espacio para la oposición ni para el pluralismo político. La ofensiva contra el neoliberalismo económico cuyos costos sociales son incontestables, está barriendo las conquistas políticas de los últimos treinta años: el antiliberalismo que postula el regreso a la economía intervencionista del pasado se ha extendido al campo de la política para tirar por la borda las restricciones que se le habían impuesto a la arbitrariedad presidencial característica del México autoritario. Sin tapujos de ninguna naturaleza el señor presidente anuncia cada día de la semana la desaparición de alguna instancia intermedia, cuya lógica descentralizadora fue aplaudida en su momento como un paso hacia la democracia.

El presidente habla del desarrollo estabilizador como de un paraíso perdido, él y quienes lo apoyan olvidan mencionar que ese modelo económico se acompañaba de un modelo político que condujo derechito al autoritarismo de Gustavo Díaz Ordaz, y a los desaparecidos de Luis Echeverría; y conste que ninguno de los dos aspiraba a ser ideólogo.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.