El presidente López Obrador sostiene con frecuencia que él quiere gobernar con paz y amor, y, sin embargo, su retórica contiene un insistente llamado a la discordia, a la división y al conflicto. La polarización que existe hoy en México entre quienes apoyan casi ciegamente al presidente y quienes critican su estilo y sus decisiones es patente en los medios, en las discusiones entre colegas de trabajo, en las comidas familiares y en incidentes callejeros. El discurso presidencial, empeñado en señalar víctimas y victimarios, exacerba los ánimos. El presidente siembra vientos, y nos pondrá a todos a cosechar tempestades.

En la historia del México contemporáneo sólo Luis Echeverría y José López Portillo adoptaron un tono beligerante, pero estaba muy acotado a los grandes empresarios, y López Portillo sólo al final de su presidencia. Los demás presidentes del siglo pasado —a excepción de Enrique Peña Nieto que nunca asumió realmente la responsabilidad de gobernar— entendieron que una de sus principales funciones era la reconciliación nacional. Se esperaba que enfatizaran aquello que a los mexicanos unía, y que minimizaran aquello que los separaba; así como que el presidente fuera él mismo un símbolo de unidad nacional. No asumieron esta función porque sí, sino porque tenían una idea relativamente clara de los riesgos que entraña gobernar una sociedad enfrentada consigo misma. No en balde muchos de ellos habían vivido el vendaval revolucionario que los marcó para siempre: conocían el alto precio de la inestabilidad política y no estaban dispuestos a volver a vivir momentos tan difíciles y en más de un caso dolorosos.

Me pregunto qué cree el presidente López Obrador que gana con las acusaciones personales, las rutinarias  retahílas de insultos, las insidiosas insinuaciones que suelta cada mañana en contra de periodistas, empresarios, académicos, funcionarios del pasado y del presente a los que no pretende aplicar la ley, sólo se trata de hablar mal de ellos, humillarlos públicamente, desprestigiarlos, como si nos contara los rumores que escuchó en una cena el día anterior. Probablemente piensa que así mantiene su base de apoyo, pero está organizando una comunidad de resentimiento y de rechazo que ya sabemos cómo se gobierna, y no es precisamente con medios democráticos.

Ilustración: Víctor Solís

Los acontecimientos en Culiacán dejaron al descubierto la fragilidad de los equilibrios políticos que sostienen la estabilidad, y la necesidad de que el gobierno sea más prudente, y tenga en cuenta que una retórica inflamada sólo irrita y extiende las pasiones políticas.

El presidente utiliza ciertas palabras clave en su discurso, de manera ambigua; por ejemplo, la noción de “pueblo”. Los sociólogos saben bien que, no es una categoría de ingreso, sino un concepto politológico, pero el presidente lo usa para invocar a los más desfavorecidos, y a los que lo apoyan. Es como si utilizáramos el concepto “florero” para medir el poder presidencial, que, aplicado a la destrucción de los trabajos terminados en lo que iba a ser el aeropuerto de Texcoco, fue inatacable; pero si lo usamos para medir ese poder en Culiacán resulta el poder  ¿acaso testimonial? de un simple florero.

Cuando el presidente dijo en relación con lo ocurrido en Culiacán, que no ordenará jamás que el ejército dispare contra el “pueblo”, me imagino que quiso decir mexicanos inermes, todos lo comprendemos, pero para justificar lo que fue claramente un error de juicio, sugirió que hubo quien pedía que masacrara a mexicanos inocentes, aunque absolutamente nadie ni siquiera lo pensó. En ese caso particular el “pueblo” al que se refirió era fundamentalmente un ejército de sicarios con armas de alto poder.

Hubiera sido mejor llamarlos por su nombre, distinguirlos de la población civil y explicar que se había deteriorado de tal manera la situación que no liberar al delincuente hubiera podido significar el sacrificio de cientos de personas inocentes. Sin embargo, el presidente quiso desviar la atención de la opinión pública, y denunciar a los “conservadores”, porque según él, exigían el “exterminio”, sin precisar de quién. Más adelante llevó al extremo su razonamiento cuando afirmó que tal vez le habían querido “poner un cuatro”. De ser así, habría salido victorioso porque no hubo matanza ninguna y los provocadores le hicieron “lo que el viento a Juárez”. O sea, que lo de Culiacán fue un éxito, nos dice, aunque todos veamos lo contrario. A nadie extrañe que conforme pase el tiempo y las cosas no salgan como quiere el presidente, vea conspiradores a diestra y siniestra.

A mi manera de ver, la estrategia de culpar a esa masa informe que llama los “conservadores”, de todo lo malo que le ocurra el país, así como de los errores del presidente mismo, sólo alimenta suspicacias y desconfianza entre los mexicanos. Tal vez el presidente piensa que puede gobernar mejor cuando todos estamos peleados, como está ocurriendo en Morena, porque así no hay respuesta organizada posible, y las decisiones tendrá que tomarlas él solo, porque nosotros no podemos ponernos de acuerdo.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.