diciembre 27, 2019

La crisis boliviana y la provocación mexicana

El canciller mexicano, Marcelo Ebrard ha justificado sus decisiones en relación a la crisis que desencadenó en Bolivia la elección presidencial del pasado mes de octubre, con el argumento de que ha actuado conforme a las tradiciones de la política exterior mexicana de no intervención y de otorgar asilo a los perseguidos políticos. No obstante, su interpretación de la tradición a la que alude en realidad la desvirtúa y la traiciona, porque las acciones que ha emprendido la Secretaría de Relaciones Exteriores en este embrollo son, sin lugar a dudas, intervencionistas y han generado una atmósfera de conflicto regional que profundiza las divisiones que hoy separan a los latinoamericanos. Esta situación es indeseable en estos momentos de vulnerabilidad del país frente al exterior.

Según la información pública, el gobierno mexicano ofreció asilo político al presidente Morales, antes de que él lo solicitara. La iniciativa mexicana partió de una calificación  de los acontecimientos de la política interna boliviana, que trató de “golpe” la movilización que obligó a Evo Morales a renunciar a la presidencia, luego de una elección —que sería su segunda reelección— que la misión de Observadores de la OEA consideró “fraudulenta”. Vista desde la tradición de la política exterior mexicana la postura del canciller Ebrard viola la esencia misma del principio de No Intervención, que no juzga ni se pronuncia de ninguna manera en relación al gobierno de otro país, cualquiera que sea, y cualquiera que haya sido la vía por la que llegó al poder. Una segunda violación al mencionado principio es la advertencia del canciller de que México no reconocerá al gobierno militar que se instalaría en Bolivia hasta que se celebren nuevas elecciones.

Ilustración: Patricio Betteo

En realidad la política mexicana hacia Bolivia se acerca más a la postura que adoptaron los gobiernos panistas de Vicente Fox y de Felipe Calderón frente a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro en Venezuela, que a la política hacia la revolución cubana, que es emblemática del principio de No Intervención, a la que —imagino— quiere acogerse el canciller Ebrard.

No es esta la primera vez que la política de asilo genera problemas como los que vive la embajada mexicana en La Paz en estos momentos. Cuando el presidente Ruiz Cortines otorgó asiló al presidente guatemalteco, Jacobo Arbenz, cientos de guatemaltecos rodearon la embajada mexicana y exigian que el embajador Primo Villa Michel fuera declarado persona non grata. Después de difíciles negociaciones, el gobierno golpista encabezado por Castillo Armas otorgó el salvoconducto para que pudieran salir del país Arbenz y su familia. Estuvieron en México dos o tres meses y viajaron a Europa de vacaciones, pero cuando quisieron regresar el gobierno ruizcortinista les negó la entrada, como se la negó al Shah de Irán, Reza Pahlevi en 1979, en una situación similar. Así que la política de asilo de México ha sido menos vertical de lo que sostiene la versión oficial: a Pablo Neruda se le negó el asilo en 1948, y años antes, en 1940 —tal y como lo documenta Daniela Gleizer en su espléndido libro sobre El exilio incómodo— se negó la entrada a un grupo de cientos de judíos que huían de la barbarie nazi y que pretendían desembarcar en Veracruz.

A la mejor es cierto, como afirmó el secretario Ebrard, que en el caso del expresidente Morales, el gobierno mexicano actuó por razones humanitarias; pero es más que probable que también haya tenido otros motivos. Descarto la hipótesis de que se trata de una estrategia de promoción personal del canciller, porque me parece banal. En cambio, puedo imaginar que el objetivo es compensar, a ojos de la opinión pública, los efectos de la sostenida cesión de soberanía en que se ha convertido la política hacia Estados Unidos. Algo así como: “Dicen los críticos que hemos agachado la cabeza frente al presidente Trump; para que vean qué tan independientes somos, miren ahora lo que hacemos: apoyamos a un adversario del imperialismo —Evo Morales—. Formamos parte —y no— de los gobiernos de izquierda que han llegado al poder en la región”.

Además, el secretario Ebrard quiso hacer de nuestra reyerta con los bolivianos un llamado a la unidad nacional, y ha llevado su orgullo herido por los insultos que han proferido contra nuestro presidente a los tribunales internacionales, porque aparentemente eso le duele más que las humillaciones y ofensas que nos ha dirigido Donald Trump, que sólo han merecido el “respeto” del presidente López Obrador.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Premio nacional de ciencias y artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana

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junio 5, 2019

El abstencionismo como advertencia

Es posible que el presidente López Obrador haya acariciado enternecido la nostalgia por el pasado que de mil maneras expresa a diario cuando recibió los resultados de las elecciones para gobernador en Puebla y Baja California. El pasado domingo, las tasas de participación registradas fueron de 33% y de 31%, respectivamente; mientras que para la renovación de los congresos locales en Tamaulipas fue de 33%, y en Quintana Roo alcanzó apenas un triste 22%. Como dijo el presidente de la Cámara, Porfirio Muñoz Ledo, son porcentajes del antiguo régimen, pero mientras él manifestó preocupación por el colapso de la participación electoral, las actitudes bien conocidas del presidente López Obrador en relación a las instituciones electorales, permiten suponer que esas cifras lo tienen sin cuidado o, como se dice más arriba, las recibió con un gran placer.

Abstencionismo

Ilustración: Víctor Solís

Me imagino que si el discurso presidencial es consistente, piensa que la democracia electoral en la que nos embarcamos hace más de veinte años es también una invención neoliberal. Si queremos ser tan felices como éramos cuando Gustavo Díaz Ordaz o Luis Echeverría eran presidentes, tenemos que sacudirnos esas ideas ociosas del voto que, además en la Weltanschaung lopezobradorista, sólo servían para alimentar la corrupción.

Contento debe estar el presidente de que el voto se haya colapsado de manera tan estrepitosa, porque si este resultado es indicativo de una tendencia, podrá gobernar como le gusta, sin interferencias insolentes. Así como era en el pasado, tal y como lo recordó el presidente de la Cámara Porfirio Muñoz Ledo, que, a diferencia de López Obrador, expresó una preocupación por los malos augurios que representan esos porcentajes para la muy debilitada democracia mexicana. Bien sabe Muñoz Ledo de lo que habla, pues como presidente del PRI en 1975-1976, le tocó administrar la ausencia de los votantes y traducirla en sufragios.

Muchas son las posibles explicaciones del abstencionismo, y en cada caso concreto diferentes. Tendrán que pasar varias semanas para que se puedan analizar las causas de la catástrofe del domingo pasado, porque los morenistas deben saber que el abstencionismo es una catástrofe para quienes gobiernan, en la medida de que en democracia el voto es la fuente de su legitimidad. ¿De dónde ha sacado Andrés Manuel López Obrador la fuerza para actuar con la arbitrariedad con que lo ha hecho, si no es del 52% que obtuvo en las urnas en una elección en la que participó más del  60% del electorado?

Es cierto que el presidencialismo que AMLO ha desarrollado en los últimos seis meses indica su preferencia por formas de participación colectiva, directa, por la asamblea antes que por la reunión de gabinete —que debe aburrirlo mortalmente—. No obstante, para nosotros los electores sería muy difícil ceder nuestro voto a un funcionario del INE, más todavía a un militante de Morena.

En términos generales, los resultados del domingo ponen al descubierto lo obvio, la crisis de los partidos políticos, que se han venido abajo en los últimos años. No obstante, sería un error pensar que la abstención del domingo pasado atañe sólo a los partidos. El presidente también debría mirar con detenimiento las cifras del domingo que son una advertencia para él porque aunque no era candidato, el entusiasmo, la adoración personalizada que muchos dicen despierta AMLO, tendría que haber arrastrado votos a Morena que lo representaba.

Es posible que el abstencionismo vuelva a ser lo que fue en el antiguo régimen, una forma de protesta antiautoritaria contra la debilidad de la democracia electoral, y que ésta vuelva a ser lo que era antes, una ficción que el presidente celebraba siempre y cuando no se hiciera realidad.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

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