junio 5, 2019

El abstencionismo como advertencia

Es posible que el presidente López Obrador haya acariciado enternecido la nostalgia por el pasado que de mil maneras expresa a diario cuando recibió los resultados de las elecciones para gobernador en Puebla y Baja California. El pasado domingo, las tasas de participación registradas fueron de 33% y de 31%, respectivamente; mientras que para la renovación de los congresos locales en Tamaulipas fue de 33%, y en Quintana Roo alcanzó apenas un triste 22%. Como dijo el presidente de la Cámara, Porfirio Muñoz Ledo, son porcentajes del antiguo régimen, pero mientras él manifestó preocupación por el colapso de la participación electoral, las actitudes bien conocidas del presidente López Obrador en relación a las instituciones electorales, permiten suponer que esas cifras lo tienen sin cuidado o, como se dice más arriba, las recibió con un gran placer.

Abstencionismo

Ilustración: Víctor Solís

Me imagino que si el discurso presidencial es consistente, piensa que la democracia electoral en la que nos embarcamos hace más de veinte años es también una invención neoliberal. Si queremos ser tan felices como éramos cuando Gustavo Díaz Ordaz o Luis Echeverría eran presidentes, tenemos que sacudirnos esas ideas ociosas del voto que, además en la Weltanschaung lopezobradorista, sólo servían para alimentar la corrupción.

Contento debe estar el presidente de que el voto se haya colapsado de manera tan estrepitosa, porque si este resultado es indicativo de una tendencia, podrá gobernar como le gusta, sin interferencias insolentes. Así como era en el pasado, tal y como lo recordó el presidente de la Cámara Porfirio Muñoz Ledo, que, a diferencia de López Obrador, expresó una preocupación por los malos augurios que representan esos porcentajes para la muy debilitada democracia mexicana. Bien sabe Muñoz Ledo de lo que habla, pues como presidente del PRI en 1975-1976, le tocó administrar la ausencia de los votantes y traducirla en sufragios.

Muchas son las posibles explicaciones del abstencionismo, y en cada caso concreto diferentes. Tendrán que pasar varias semanas para que se puedan analizar las causas de la catástrofe del domingo pasado, porque los morenistas deben saber que el abstencionismo es una catástrofe para quienes gobiernan, en la medida de que en democracia el voto es la fuente de su legitimidad. ¿De dónde ha sacado Andrés Manuel López Obrador la fuerza para actuar con la arbitrariedad con que lo ha hecho, si no es del 52% que obtuvo en las urnas en una elección en la que participó más del  60% del electorado?

Es cierto que el presidencialismo que AMLO ha desarrollado en los últimos seis meses indica su preferencia por formas de participación colectiva, directa, por la asamblea antes que por la reunión de gabinete —que debe aburrirlo mortalmente—. No obstante, para nosotros los electores sería muy difícil ceder nuestro voto a un funcionario del INE, más todavía a un militante de Morena.

En términos generales, los resultados del domingo ponen al descubierto lo obvio, la crisis de los partidos políticos, que se han venido abajo en los últimos años. No obstante, sería un error pensar que la abstención del domingo pasado atañe sólo a los partidos. El presidente también debría mirar con detenimiento las cifras del domingo que son una advertencia para él porque aunque no era candidato, el entusiasmo, la adoración personalizada que muchos dicen despierta AMLO, tendría que haber arrastrado votos a Morena que lo representaba.

Es posible que el abstencionismo vuelva a ser lo que fue en el antiguo régimen, una forma de protesta antiautoritaria contra la debilidad de la democracia electoral, y que ésta vuelva a ser lo que era antes, una ficción que el presidente celebraba siempre y cuando no se hiciera realidad.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

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mayo 16, 2019

La democracia arrinconada

Decir que estamos presenciando el proceso de desunificación de Europa puede parecer una exageración, pero no lo es tanto si consideramos que actualmente la misma pregunta que se hacen los ingleses, “¿Nos quedamos o nos vamos?”, han empezado a hacerse muchos europeos. El próximo 26 de mayo irán a las urnas para votar a sus representantes en el Parlamento Europeo. No deja de ser una ironía que las preferencias favorezcan a partidos de extrema derecha que rechazan el europeísmo, y que, probablemente, una vez elegidos, harán todo por socavar las instituciones mismas que los han llevado al poder.

En Gran Bretaña, pese al referendum, negociaciones en Westminster, disputas internas en el laborismo y entre los conservadores el tema no ha sido zanjado, y los británicos siguen sin encontrar una respuesta que satisfaga a la mayoría. Mientras tanto, el gobierno está paralizado y Teresa May, que aspiraba a ser una segunda Thatcher, pero más amable, corre como gallina ciega de los conservadores a los laboristas en busca de una salida que nadie le ofrece.

Ilustración: Víctor Solís

Uno de los principales problemas de May es que un acuerdo es difícil de lograr cuando el tema divide a conservadores y laboristas, cuyos consensos internos se han fracturado; los partidos tradicionales están bajo una tremenda presión porque el tema europeo ha alterado las alineaciones internas. A los conservadores europeistas se oponen sus correligionarios enemigos de la UE; asimismo, hay laboristas a favor de permanecer en Europa, pero hay otros que creen que lo que más le conviene a su país es la separación. No es gratuito que hayan aparecido ya las profecías de desgajamientos producto de la fractura europea.

La urgencia de la respuesta británica a su crisis de identidad: “¿Somos europeos o no lo somos?”, estriba, entre otras razones, en que ha desencadenado violentos tremores en la política interna de todos los países del continente. Tan serios son los sobresaltos que la democracia en Europa parece una ilusión arrinconada, porque el antieuropeísmo fue el origen de partidos de extrema derecha que hace veinte años el electorado no tomaba en cuenta, pero que se han situado en posiciones de influencia y creciente importancia electoral, a pesar de que a muchos de ellos la democracia llegó de la mano de promesas de integración a la prosperidad de la UE.

El espectro ideológico de Europa se ha transformado por el surgimiento o el avance de movimientos de extrema derecha que siguen los pasos de Brexit. En Francia, apareció Frexit, en Holanda, Nexit, y seguramente vendrán más. El partido de Nigel Forage es número uno en las preferencias británicas; Marine Le Pen es primera en la lista de preferencias de los franceses; el crecimiento de Alternative für Deutschland se ha frenado, pero está en el tercer lugar de las preferencias alemanas; el movimiento Cinco Estrellas del italiano Salvini aspira a una fuerte representación. Lo impensable hace tres décadas ha ocurrido en Europa: el regreso de una extrema derecha muy cercana a la que llevó a Europa a la ruina, y a millones de seres humanos al Holocausto.

Así, el proyecto de integración económica más exitoso de la historia, que nació de una intención política: el arraigamiento de la democracia, puede encallar porque la creciente migratoria que ha llegado a las playas de Europa, ha impulsado el renacimiento de la defensa soberanista y de reivindicaciones ultranacionalistas que alimentan opciones antidemocráticas. La hostilidad de estas formaciones de extrema derecha a la UE nace de que este ente supranacional se ha construido con base en cesiones de soberanía que derribaban fronteras nacionales por el bien de la paz y la prosperidad europeas. Ahora la desaparición de esas barreras es considerada por muchos europeos como una amenaza a la supervivencia de su cultura, de su historia y del bienestar económico que lograron en el último tercio del siglo pasado. Sin embargo, es la recupeación de la soberanía nacional lo que la extrema derecha reclama.

Los líos que ha provocado Brexit son una lección para los demás. No se quieren ver envueltos en una dinámica dominada por un debate político que los enfrenta a su historia, a las debilidades de la democracia y a la ferocidad del resentimiento de los excluidos de la globalización.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

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