Donald Trump ha dejado de ser el centro del universo. Las redes sociales que fueron su principal plataforma, desde donde difundía lo primero que se le venía a la cabeza, sin filtro ninguno, cancelaron sus cuentas; asociaciones de golfistas y de empresarios, el bufete de abogados que llevaba sus asuntos, incluso el banco que le prestaba dinero le han cerrado las puertas. El efecto es el mismo que si lo hubieran sentenciado a la no existencia, quieren borrarlo del mapa, desaparecerlo, olvidarlo, como si nunca hubiera sido su socio, su cliente, su compinche. En el mundo de las élites, Trump es un paria; pero sigue siendo un héroe para la multitud que se ha creído el infundio del fraude en la elección presidencial del 3 de noviembre.

Ilustración: Víctor Solís
La causa inmediata del rechazo es el comportamiento de Trump después de la derrota electoral, cuando llamó a sus simpatizantes a que acudieran al Capitolio para impedir que se llevara a cabo la certificación de la victoria de Joe Biden. El presidente Trump incitó a sus seguidores a la rebeldía contra un rito central de la democracia: el reconocimiento del triunfo del candidato que obtuvo el mayor número de votos. Puso en juego la autoridad moral de la primera democracia del mundo y su papel de referente internacional, así como los valores de la democracia y el consenso mundial al respecto, construido primero en 1945, renovado y ampliado en 1991 con la caída de la Unión Soviética.
Ahora, sin embargo, lo importante es el legado de Trump, que es una bomba de tiempo. La divisa de su gobierno bien pudo haber sido la fórmula del Imperio romano: “Divide y gobierna”, porque el discurso presidencial con él fue un flujo constante de irritación de las divisiones internas. La estrategia le permitió hacer más ricos a los ricos, con el apoyo inconsciente de los pobres que saboreaban la retórica populista que era sólo verbo.
La convocatoria que hizo Trump a sus huestes el pasado 6 de enero no es tan importante como el hecho de que la emitía el jefe del Ejecutivo desde la Casa Blanca, con lo cual era casi un mensaje oficial; por ejemplo, al preguntarle a uno de los participantes en la toma del Congreso por qué estaba ahí, respondió que el presidente había dispuesto que tenían que acompañarlo en la batalla contra el fraude electoral. Las palabras de los presidentes importan; es irrelevante que sean sabias y memorables o puras estupideces, el cargo les dará siempre un significado especial porque esas palabras, las que sean, tienen consecuencias, muchas veces indeseables.
La palabra presidencial tiene una fuerza propia que nada tiene que ver con el personaje que la pronuncia. Los chistes del presidente Ruiz Cortines no se contarían en 2021, como se hace, si hubieran sido pronunciadas por el contador Ruiz Cortines. El poder de la institución presidencial presta un significado especial a lo que decía, como si fueran el Evangelio o tuvieran algún valor profético. Por esa razón, los presidentes tienen que ser especialmente cautelosos con lo que dicen. Trump es la caricatura del líder político que conquista a su auditorio con la palabra, pero más que invitar a la reflexión, invitaba a la acción a partir de sus prejuicios, con chistes y ocurrencias que les restaban gravedad, pero no el impacto que tenían en la mente y en el estómago de su auditorio.
Las escenas en la televisión del enfrentamiento entre la turba que atacó el Capitolio, amenazó a los legisladores, golpeó, pateó y rompió todo aquello que obstaculizaba su paso hacia el salón de sesiones, eran propias de países cuyas instituciones políticas tienen una legitimidad tartamudeante. Jamás se hubiera pensado que en la democracia más vieja del mundo algo así podía ocurrir. Y, sin embargo, ocurrió y todo sugiere que va a volver a ocurrir. Trump dejó sensibilidades y susceptibilidades muy a flor de piel. El paria pudo haber sido un accidente, pero el impacto de sus palabras sigue ahí, al igual que el rencor y el resentimiento que lo llevaron al poder y que lo sostuvieron.
Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.