El viernes 17 de diciembre, José Antonio Romero, director del CIDE, anunció que a partir del 1 de enero de 2022, el personal de seguridad privada de la institución sería sustituido por elementos de la Policía Federal. ¿Así entiende crear una atmósfera de reconciliación? Más que mostrar disposición al diálogo exhibió un puño cerrado; además, le restó credibilidad a los repetidos compromisos de que no habrá represalias contra los opositores. Una se pregunta: ¿por qué una nueva provocación? Porque el anuncio de que la seguridad del CIDE estará en manos de la policía federal equivale a anticipar la agonía de la autonomía universitaria, un tema sobre el que las voces de alarma suenan cada vez más fuerte, cada vez más lejos. Todo indica que en este caso, como en el del INE y otros más, la táctica del gobierno es escalar el conflicto, y su objetivo no es vencer al adversario, sino aniquilarlo.

Ilustración: Patricio Betteo
La solución de conflictos es una de las funciones centrales de un gobierno democrático, incluso de los no democráticos que no quieren broncas porque, mal que bien, prefieren gobernar. En nuestra vapuleada república cada uno de los tres poderes cuenta con instrumentos para resolver las discrepancias, las diferencias de opinión, los desacuerdos que se derivan de intereses encontrados. Además, los partidos políticos son —o por lo menos deben ser— canales de desahogo de las tensiones que provoca la competencia por el poder. Por fortuna, el Poder Judicial ha reaccionado en defensa de los principios constitucionales, como de él se espera, con firmeza, con profesionalismo y honestidad. El Ejecutivo y el Legislativo, en cambio, no están dispuestos a utilizarlos, y así van de una provocación a otra. En el caso del INE cuesta trabajo creer que los legisladores morenistas no calcularon las consecuencias del brutal recorte presupuestal que firmaron, aunque comprometieran el funcionamiento del instituto, en particular el ejercicio adoratorio de la revocación de mandato.
Ahora en México la élite que nos gobierna trata los conflictos de una manera perversa: no le interesa solucionarlos, sino agravarlos y profundizarlos. Tanto así que, aunque sostienen que hay que dialogar, en realidad las declaraciones de los funcionarios o de los morenistas involucrados en estos temas han pasado de la advertencia al amago y de ahí a la amenaza. El propósito evidente es imponerse a toda resistencia que obstaculice la voluntad presidencial, evocando de manera no muy sutil que si no tienen el poder de las ideas y de la convicción democrática, lo que sí tienen es el poder de dar palos presupuestales y administrativos, como hasta ahora lo han hecho, a quien se oponga a sus designios. Ya han tomado decisiones que dan prueba de que son capaces de pasar por encima de sus propias biografías para hacer lo que les han mandado hacer, y sus palabras tienen el efecto intimidatorio que buscan. Así es como una espesa nube de pesimismo cubre hoy el mundo del conocimiento y de la cultura en México.
Los morenistas y sus defensores insisten en que respetan la libertad de expresión, pero minimizan la disimulada coerción que ejercen mediante acusaciones personales y señalamientos que provienen del muy poderoso presidente de la República o de funcionarios que con una firmita se cargan a toda una institución, indiferentes al costo que tiene su ocurrencia —o un rencor por años marinado— para investigadores y funcionarios honestos que pierden el empleo, ven hundirse una carrera profesional de años y hasta las expectativas de sus hijos que de repente se encuentran con una madre o un padre desempleados. Han sido declarados culpables de pecados ideológicos, de no ser lopezobradoristas desde antes, de creer en la libertad de pensamiento y de expresión.
Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).
No son provocaciones, son medidas adoptadas de caracter dictatorial: López Obrador es un dictador en ciernes, su proyecto de la 4T es transexenal, el carácter que ha exhibido sin embozo es el de un lider religioso con delirios milenaristas, de ahí su furia destructiva. Toda su estrategia política se mueve en esa dirección.
El gobierno de Lopez es una tragedia anunciada.
Lo bueno? que solo hay que esperar 3 años para que esto termine.
En el horizonte vermos hundirse el barco de la 4t con toda su tripulación de marineritos de agua dulce.
La historia le depara un triste lugar a Lopez.
Kalebh, magnífica descripción de la 4T y su dictadorzuelo. La historia los podrá en el lugar que merecen.
¿Y LOS RESULTADOS? Peores que las calificaciones de su kardex universitario.
«La historia (NO) los absolverán», aunque hayan traido a Díaz Canel a la Plaza de la Constitución. Y en menos de tres años la retórica se descompondrá en frases huecas. Muchos nos preguntaremos si para la siguiente administración habrán «mañaneras» o si habrán «otros datos». Si los bandos seguirán siendo los mismos y si algún otro narciso se aventurará en convertirse en un aprendiz de prócer nacional.
estoy de acuerdo con todo lo expresado.
Bien dicho rodriguez: lee las demás observaciones posteadas por Loaeza. Como que son como «las fuerzas vivas» de antaño, y de siempre también, que se lanzaban a exclamar «confirmamos que su mente preclara tiene toda la razón. Hurra! jipjip, Hurra!», ¿o no? Loaeza, un producto social de su época, habrá estudiado y hasta graduado en ciencia política desde antes que fuera ciencia con algún rigor como el de la física o química, pero su tendencia a replicar las taras culturales idiosincráticas en las que creció e informó su educación sentimental la mueven, “oh-là-là!” (así dice un entenado troisième génération de la dirección) a comportarse con el mismo ánimo mexicano antidemocrático de l@ señor@ que se estaciona en doble fila en Polanco, para poner pie más rápido y sin incomodidades personales en su restaurant de postín y menú civilizado como en la Francia tan, hay que decirlo “sin ánimo de provocación,” felizmente lejos de la broza de barro mesoamericana nativa.
“Es que lastiman mis sentimientos!”, ha de decir la intrépida politóloga sobre las críticas adversas, con la misma candidez de la alcaldesa de Acapulco sobre la cosa pública en general. Pero que no se llame a engaño: Loaeza es un producto social mexicano exactamente tan arraigado en sus compulsiones antidemocráticas y de desembarazo personal de llamado a cuentas antes sus pares ciudadanos por sus opiniones políticas -analizadas o no, pero por definición analizables por los demás con los que comparte la plaza pública- como el ciudadano AMLO al que aborda con su cimitarra de tablero y de desagrado (ya sé, ya sé, “ la pluma es más poderosa que la espada”, pero ya nadie escribe con pluma!). El resultado, por supuesto, es que el país se fue al carajo, no porque genéticamente no tuvieran posibilidades de mejorar, o porque no tuvieran leyes e instituciones para avanzar el proceso civilizatorio, sino porque los mexicanos, ilustrados, como la madame aquí, o no, jamás se abocaron a alcanzar la certidumbre jurídica vía el desarrollo de estado de derecho, a lo que, claro, solo se accede empezando por generalizar el llamado a cuentas por las propias opiniones proferias y hasta vociferadas en público.
Y luego se queja de la trastada y hasta putada (expresión demasiado vernácula for her taste, madame Bovary, peut-être?) que le hicieron al CIDE, como si no fuera una consecuencia directa de la misma mentalidad política que ejerce Loaeza en la administración de su blog.