Una pausa, es una pausa, es una pausa…

“Pausar no es frenar, es dejar en pausa, y dejar en pausa es una pausa”, respondió la senadora Olga Sánchez Cordero a la pregunta acerca de cuál podía ser el significado de la “pausa” a la que invitó el presidente López Obrador en las relaciones entre México y España. Su respuesta ha sido motivo de una larga tanda de comentarios maliciosos. En su defensa, podríamos recordar que cuando la poeta, novelista y dramaturga americana Gertrude Stein, se quedó sin palabras para describir la belleza de una rosa, se limitó a decir: “Una rosa es una rosa, es una rosa”. Sin embargo, no creo que la pausa hispanomexicana del presidente López Obrador sea comparable a la rosa de Stein ni que la senadora haya parafraseado deliberadamente a la poeta. Creo, en cambio, que el presidente habló de una “pausa” sin detenerse a pensar en las implicaciones de su propuesta para la diplomacia y la economía mexicanas, tan es así que después quiso remediar el estropicio y minimizó sus palabras con la excusa de que había sido un comentario sin importancia. En el caso de la senadora creo que el vocabulario simplemente no le dio para más.

Ilustración: Belén García Monroy
Ilustración: Belén García Monroy

Una y otra vez, el presidente afirma que muchas de las cosas que hacen él o sus allegados y funcionarios no son “como las de antes” porque ellos no son como los de antes. Es ciertísimo. En la Secretaría de Relaciones Exteriores ya no hay un Jaime Torres Bodet, un Manuel Tello (padre o hijo), un Alfonso García Robles, un Jorge Castañeda, un Luis Padilla Nervo, un Antonio Carrillo Flores, un Bernardo Sepúlveda que lleve a buen puerto las relaciones de México con el exterior. Estos personajes levantaron muy alto el nombre de México en el escenario internacional, lograron una estatura y una dignidad que nos hacían fuertes en nuestras relaciones con el mundo, y con Estados Unidos en particular.

“Los de ahora”, en cambio, no saben qué hacer, primeramente, porque al presidente la política exterior le importa un comino y no está dispuesto a restarle un minuto a sus mañaneras para pensarla. En estas condiciones, el secretario podría ser autónomo, pero ¿qué tal que el presidente lo desautoriza? Además, resulta que el canciller está más pendiente de lo que pasa adentro que de lo que pasa afuera. No vaya a ser… Como los subsecretarios (salvo Carmen Moreno) entienden mejor lo que pasa adentro que lo que ocurre afuera, y los nuevos embajadores tampoco tienen una idea de para qué sirve una embajada, si no es para que escriban guiones de película o buenos chistes, nuestra política exterior es una ruina.

Estoy segura de que los embajadores de la llamada Cuarta Transformación tampoco entienden por qué el señor presidente maltrata a Panamá o vitupera a España. Él dice que estamos enojados con los españoles de ahora por los crímenes que cometieron españoles del siglo XVI. Yo, la verdad, no veo a nadie enojado con España y los españoles, pero él dice que estamos furiosos. ¿No nos enojan más los legisladores sin palabras? ¿O la palabrería presidencial? Además, ¿qué vamos a hacer cuando Biden nos exija disculpas por El Álamo o por Columbus? ¿Vamos a pedirle una pausa? A quien sí podemos pedir una pausa es al presidente, que dé tregua a las mañaneras, por el amor de Dios, porque una pausa es el paréntesis, el respiro que todos necesitamos.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958.

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Publicado en: Rebaño de elefantes

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