Boris Johnson puso en aprietos a la democracia británica y sus promesas de la prosperidad que traería el Brexit engordan la factura que la opinión pública le pasará al Partido Conservador, que pasa a ser una víctima de la desafortunada decisión de separarse de la Unión Europea. Johnson quiso gobernar con su persona como único apoyo, indiferente a reglas y convenciones; se comportaba como enfant terrible, una actitud que subrayabacon el pelo rubio casi blanco desgreñado y su incontrolable hábito de mentir. Según un miembro del Parlamento, destruía “los códigos no escritos de dignidad y decencia”. Aumentó su popularidad cuando se sumó al sentimiento popular de antipatía hacia Europa, pero a nadie sorprendió que manipulara la opinión de los sectores menos educados de la población en su propio beneficio.

Los primeros meses de que Gran Bretaña —al menos la mitad— celebrara el restablecimiento de la soberanía que había cedido a la UE, el aumento de precios de los combustibles desató la inflación y el poder adquisitivo de los británicos inició una importante caída. Empezaron a hacerse evidentes las consecuencias del Brexit sobre la economía. Para colmo, Johnson no tenía nada que ofrecer para ajustar a su país a las nuevas condiciones que creó y cuando se acercó al espinoso tema de las relaciones con la Unión Europea sólo provocó irritación entre sus antiguos socios. La popularidad del primer ministro se esfumó y cada vez eran más insistentes los gritos que pedían su renuncia.
Finalmente, el 7 de julio pasado el primer ministro Johnson renunció, presionado por la dimisión de más de cuarenta miembros de alto nivel del gobierno, entre ellos la mayoría de los integrantes de su gabinete, que consideraron que era insostenible un liderazgo que no tomaba en serio sus responsabilidades de gobierno. La causa inmediata de la caída de Johnson, quien meses antes había sobrevivido a un voto de confianza, fue la renuncia de los ministros de Finanzas, Rishi Sunak, y de Salud, Sajid Javid, el 5 de julio. Keir Starmer, líder del Partido Laborista, comentó la debacle con una broma: “Es la primera vez que el barco abandona a las ratas”.
Estos acontecimientos han sumergido al Partido Conservador en una de las peores crisis de su historia, provocada por la pérdida de credibilidad, a la que contribuyó la mala costumbre que tiene Johnson de mentir. Por tercera ocasión en cinco años, el Partido Conservador ha destituido a su líder que funge como primer ministro. David Cameron (2010-2016) y Teresa May (2016-2019) perdieron el apoyo de su partido y se vieron forzados a abandonar precipitadamente la legendaria residencia de Downing Street 10.
La llegada de Johnson al cargo de primer ministro fue un alivio para muchos que veían en Teresa May un manojo de nervios de una gran ineptitud. Vista a la distancia, May no fue mucho más inepta que David Cameron, quien la antecedió, o que el propio Johnson. Cameron no tomó muy en serio el Brexit, jamás pensó que sería la opción ganadora en el referéndum que organizó distraidamente; May no logró el apoyo interno al acuerdo de separación entre Gran Bretaña y la UE que propuso; y pese a que se considera que el apoyo de Johnson fue decisivo para que muchos británicos votaran la separación de la UE, él tampoco supo cómo llevarla a cabo. Hasta ahora los conservadores no han presentado un plan consistente ni coherente sobre este asunto que es central para el futuro de Gran Bretaña.
Boris Johnson llegó al liderazgo de su partido con una mala reputación. Era bien conocido por sus payasadas; se le sabía mentiroso; había dudas sobre su honestidad; se habla de su irresponsabilidad: muchos no le perdonan su intervención en el debate sobre el Brexit porque no actuó por convicción, sino porque cedió a la ambición de llegar al 10 de Downing Street; pese a todos sus pecados —algunos muy grandes— muchos lo encontraban encantador. Todavía hace algunas semanas le festejaban los chistes y la insolencia adolescente. Con Boris Johson, el parlamentarismo inglés se dejó arrastrar por un liderazgo personalista que es hoy uno de los males que aquejan a las democracias y a las no democracias.
Muchos fueron los problemas de índole política y ética que socavaron el apoyo fenomenal que recibió Boris Johnson en 2019, cuando fue elegido. Observadores y especialistas señalan que la movilización sindical que se ha articulado recientemente como no se había visto en décadas destaca su incapacidad para gobernar. Además, surgieron problemas éticos cuando se reveló que durante la pandemia, mientras el resto del país se sujetaba a las medidas de reclusión, el gobierno se divertía en el 10 de Downing Street en fiestas con gran número de asistentes que bailaban y tomaban champán, en violación de sus propias reglas.
No obstante, los mismos conservadores aplicaron el correctivo: destituyeron al indeseable para evitar que siguiera dañando al país con su falta de seriedad y ahora están dedicados a la elección del sucesor que será votado por los más de 180 000 miembros del partido. Así, 67 millones de británicos serán gobernados por un primer ministro elegido por una pequeña fracción de la población. En general, las elecciones en los regímenes parlamentarios no tienen fechas fijas, así que el Partido Conservador puede evitar por ahora una elección que difícilmente ganaría.
¿Existe la posibilidad de que la destitución de Boris Johnson por su propio partido cierre el ciclo ultraliberal que inició Margaret Thatcher en 1979 y que él clausuró a carcajadas con un “Hasta la vista, baby”?
Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958.