La incuestionable victoria electoral que obtuvo Andrés Manuel López Obrador en julio pasado, no únicamente representa un gran capital político, sino que lo ha investido de una autoridad moral que ha convertido en un brutal garrote con el que castiga a los infieles y a los rejegos. El torrente de ofensas se soporta porque es el presidente y porque recibió 53% del voto en una elección democrática.

La autoridad moral que sostiene sus altas tasas de popularidad no sólo lo ha ensoberbecido a él, sino que ha hecho creer a algunos miembros de su gabinete que a ellos se extiende el manto moral del señor presidente. Se equivocan. El elegido en las urnas fue el presidente, y no quienes hoy están en el poder ministerial, y como van las cosas, es muy probable que el día de mañana varios de ellos estén de regreso en la oposición, de donde nunca debían haber salido.

Ilustración: Guillermo Préstegui

La forma insolente y grosera como una subsecretaria y una secretaria de Estado se han dirigido a otro alto funcionario del Estado, y al presidente de un organismo de la sociedad civil, ninguno de ellos miembro del partido del presidente, ilustra la confusión en la que viven. También muestran su afán de intimidar, de ofender porque sí, porque para eso sirve el poder, para humillar al perdedor. No distinguen ya entre el apoyo que recibió López Obrador y la designación fortuita que recibieron ellas. No podemos imaginar un precedente a los mensajes que desde los cargos que ocupan enviaron a quienes, quiéranlo o no, son sus colegas. Por cierto de mayor jerarquía que, al menos, una de las agresoras.

Estos desplantes no son excepcionales. El director del Fondo de Cultura Económica disfruta mostrar su desprecio por sus predecesores y por todos aquéllos que no somos lopezobradoristas. Imagino que considera que deriva legitimidad popular de la violencia verbal. Una que lo ha leído bien sabe que tiene más y mejor vocabulario que el que utiliza en sus declaraciones y entrevistas. Hace como que olvida todo lo que sabe, entre otras cosas que las reglas de urbanidad son resultado de un largo proceso civilizatorio, que son fundamentales para la convivencia, todavía más cuando se vive en una sociedad fracturada por el desacuerdo político. En esas circunstancias las diferencias no pueden ser planteados como la antesala del cuadrilátero, a menos de que se busque eliminar al adversario.

El director del Fondo es como un adolescente, pero al igual que las funcionarias a que hago referencia, debería tener presente que no hay por qué creer que gozan de la misma autoridad moral de López Obrador; en cambio, injusta que es la vida, su comportamiento sí daña la imagen del presidente. Erosionan algo tan intangible y tan frágil como la autoridad moral, como las termitas que hacen huecos en la pata de la silla, con sus pequeñas mandíbulas, hasta que un día se quedan sin pata y sin silla.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.