Expulsados

El dictador Francisco Franco decía que sus enemigos políticos tenían tres opciones: entierro, encierro o destierro. Con esa guía de acción convirtió a España en un país de prisiones, de cementerios y de familias desgarradas que no tenían manera de defenderse del poderoso que, antes de desayunar, como quien hace lagartijas para empezar el día de buen talante, firmaba sentencias de muerte y de expulsión de España.

Le bastaba saber que los sentenciados no pensaban como él, por eso eran el enemigo que había que abatir, porque veían el mundo y el futuro de otra manera, y para el dictador la diferencia política era intolerable. Las ideas, el pensamiento distinto eran un desafío que no podía levantar. Por esa razón el sentenciado tenía que irse, porque era un peligro para el poderoso, podía cuestionar sus decisiones, señalar sus equivocaciones. O, simplemente, ser más inteligente que él, escribir mejor que él, pensar mejor que el gallego.

Ilustración: Estelí Meza

Desde que era muy chica escuché historias tristísimas de niños que un día, así de repente, dejaron de ver a su papá; que habían tenido que salir de su país aterrados por las amenazas —o los consejos—, de un poderoso que les decía que se fueran porque allí donde habían nacido, crecido, construido una vida, allí en su casa, en su tierra, donde estaban enterrados sus padres y sus abuelos, allí donde habían trabajado honestamente empeñados en levantar un futuro mejor para ellos y para su país, allí no podían quedarse, ya no había espacio para ellos ni para su historia.

Los refugiados que conocí tenían siempre historias desgarradoras de hijos separados de sus padres, abuelos que no habían conocido a sus nietos, parejas forzadas a romperse, huidas, escondites, persecuciones, censura, miedos, familiares perdidos, parientes nunca recuperados. Todos esos horrores habían ocurrido porque los que gobernaban España se creían con el derecho de expulsar de su país a quienes no pensaban como ellos.

Para muchos de los refugiados llegar a México fue primero respirar en libertad, perder el miedo a que un vecino te denunciara por cualquier cosa, a que te arrestaran porque habías dicho o dejado de decir. En cambio, los países que en los años treinta estuvieron gobernados por expulsores, España, Austria, Alemania, se empobrecieron de una manera tan radical que todavía hoy no pueden ocultar las cicatrices de las heridas que les infligió el pensamiento único a sus universidades, a su arte, a su capacidad para generar conocimiento.

Yo me sentía orgullosísima de que México acogiera a esos perseguidos, que no le preocuparan ideas diferentes, que no le asustara un pensamiento que retaba el lugar común. Nos preocupaban más las actitudes.

Jamás imaginé que llegaría un tiempo en el que alguien creyera que podía decirle a otro mexicano que se fuera de México. Primero, el país no es suyo, sino de todos nosotros, entonces nadie tiene derecho a decidir quién puede o no vivir aquí. Yo nunca oí a ninguno de los de antes decirle a alguien que se fuera de México porque había criticado al PRI o al presidente, a menos de que trabajara en Gobernación. Cosas similares ocurrieron, pero en tiempos de Miguel Alemán. ¿A poco hasta allá quieren que regresemos?

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

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Publicado en: Rebaño de elefantes

6 comentarios en “Expulsados

  1. Hermoso artículo, triste y terrible, darnos cuenta que estamos próximos a esa situación, y que sea un extranjero el que se atreva a intentar desterrar a dos mexicanos que se atreven a disentir. Somos millones los que disentimos.

  2. Pues eso que ha descrito sucedió en España hace mucho tiempo. Si debemos de aprender de las lecciones de la historia. Pero si creen que aquí no hay libertad de expresión pueden ir a buscar a otra parte donde haya más libertad de expresión que en México.

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