Un presidente y una crisis nacional

Al cabo de la ceremonia de conmemoración de la Revolución francesa, el pasado 14 de julio, Emmanuel Macron, presidente de Francia, pronunció un discurso que era tanto una convocatoria nacional como una enérgica advertencia, a propósito de los nuevos ataques de covid-19, en versiones más agresivas que las que hasta ahora conocemos. Vale la pena escucharlo porque es un modelo para otros jefes de Estado, exasperados por la pandemia que no se acaba nunca y que se cierne todavía sobre las posibilidades de recuperación.

En primer lugar, el mensaje de Macron fue un llamado a toda la nación francesa para que se movilice unida contra el virus. Convocó a los franceses a promover la extensión de la vacuna a toda la población. No hizo distinción ninguna; en esta ocasión desaparecieron las barreras de la identidad política; no había derecha o izquierda; republicanos y monárquicos; gaullistas y socialistas. Macron hizo lo que hacen los presidentes en el momento en que asumen el poder: se ven a sí mismos como representantes de toda la nación, como gobernantes de todos los franceses, más allá de su filiación política. Se explica su esfuerzo por convocar a “decisiones colectivas”, porque si se trata de enfrentar una crisis nacional, el gobierno debe movilizar los recursos con los que cuenta, sin eliminar a nadie, amigo o enemigo. La magnitud del problema amerita que se dejen de lado y sin mezquindades las diferencias políticas y que los ciudadanos se hagan uno con su presidente.

Ilustración: Víctor Solís

Una segunda gran idea de Macron fue recordarnos la importancia de niños y jóvenes que hasta ahora han ocupado un lejano segundo o tercer lugar en la escala de prioridades del gobierno, pero que estarán a partir de ahora en la primera fila de la población que será atendida, porque son el futuro de Francia. El presidente puso especial énfasis en la educación, en la necesidad de protegerla. Afirmó que con todo y pandemia los franceses habían perdido 12 semanas de clase, mientras que en Alemania se perdieron 34 semanas y en Estados Unidos, 56. No es una sorpresa que el presidente de Francia cifre el éxito de su obra en el respeto a la educación y en el reconocimiento de su importancia en todo momento, sobre todo ahora que han surgido ideas extrañas de exentar a los niños que no quieren ir a la escuela y permitirles que se queden en casa viendo viejos programas de Chespirito.

Es posible que la recuperación pospandemia sea lenta y continúe hasta bien entrado 2022, pero estarán mejor preparados para enfrentarla quienes mejor conozcan y entiendan al virus. Y para eso —casi al inicio del mensaje y en rechazo más o menos implícito a interpretaciones fundadas en la ignorancia, como las que promovió Donald Trump—, el presidente subrayó: “Somos el país de la Ilustración, de las Luces, de Louis Pasteur (…)”; es decir, el país del conocimiento científico. Francia no puede darse el lujo de atribuir a una “mala vibra” la epidemia y tampoco dejar su solución en manos de san Judas Tadeo, sino que habrá de contribuir a la lucha contra el virus en muchos países pobres, cuyo nivel educativo es inferior al de los franceses, pero también ayudará a su educación.

Emmanuel Macron anunció que su gobierno propondría una nueva ley que introducirá el “pasaporte sanitario”, un documento que se otorgará a cada francés mayor de 12 años, donde se registra información sobre cuántas veces ha sido vacunado, cuándo y dónde. Será obligatorio mostrar el pasaporte a las autoridades para ingresar al teatro, al cine, a los grandes almacenes, a aviones, trenes y autobuses. El presidente no deja de reconocer los riesgos de esa medida que podría ser considerada como un abuso del Estado, pero confía en que su gobierno podrá encontrar el equilibrio entre protección y libertad.

Si queremos responder a este mensaje, tenemos que aceptar que la solidaridad que naturalmente se impone cuando somos testigos del dolor de otro supone una cesión de parte de nuestra libertad, y ello no implica represión, como dirían algunos, sino que es mero sentimiento espontáneo de identificación con el prójimo o simplemente civismo, nada más. Creo que nadie se atreverá a poner en duda las credenciales democráticas del presidente Macron o de la República francesa, y lo que está clarísimo es que se apoya en la autoridad legítima que le otorga la fuerza moral del Estado francés. Esto poco tiene que ver con la persona de Emmanuel Macron.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).

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Publicado en: Rebaño de elefantes

4 comentarios en “Un presidente y una crisis nacional

  1. Desde luego, hay que decirlo, Macron es joven en el sentido más amplio del vocablo y desde luego pertenece a la elite mejor educada de su país. Sus palabras fueron sensatas cargadas de sentido común y de responsabilidad republicana. Los niños son el futuro, lo que sin duda es una verdad y un lugar común que en Francia se toman en serio. Lo mejor es el regreso a clases y eso lo sabemos muy bien quienes conocimos las huelgas universitarias y de trabajadores, tales paros son muy dañinos para los alumnos de cualquier edad. La comparación vale la pena para ubicarnos y saber quienes somos y que idea tenemos del futuro.

  2. P. D. Existen dibujos animados en internet en otros idiomas y que resultan educativos, cosa que ha temprana edad facilita el aprendizaje de otras lenguas, este es un nicho ignorado por los educadores. Lo mejor es la escuela sin ignorar esta clase de entrtenimiento casero.

  3. Como siempre muy certero el articulo y en pocas palabras.-
    Que lejos esta México, de producir en su masa colectiva Politicos como Macron.- El pobre imbecil que tenemos en la silla presidencial no solo es un inepto absoluto, mostrado con números absolutos; es un tipoi esencialmente MALIGNO

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