La Cuarta Transformación contra Vasconcelos

José Vasconcelos es una de las grandes figuras de nuestra historia. Tantas son nuestras carencias y han sido nuestras equivocaciones que no podemos darnos el lujo de ignorar sus aportaciones a la educación y a la cultura, pero, sobre todo, no podemos dejar que el narcisismo de unos cuantos destruya el legado vasconcelista. Para mí esta herencia significa el respeto a la lectura, a la escritura, al conocimiento, al arte, y a todos los instrumentos que nos ofrecen la educación y la cultura para conocer y disfrutar el mundo que nos rodea; para captar los problemas del país y buscar soluciones imaginativas y audaces; para comunicarme y entenderme con los demás; para aprender a apreciarlos en nuestras coincidencias y en nuestras diferencias, y para mirar hacia adelante, libre de las ficciones del pasado.

Ilustración: Ricardo Figueroa

La curiosidad intelectual y el desarrollo del sentido estético de los mexicanos fueron promovidos por Vasconcelos. Desde la Secretaría de Educación Pública, que se creó gracias en parte a su insistencia, lanzó una cruzada alfabetizadora que sacó de la oscuridad a miles de familias que hasta entonces sólo podían saber lo que les contaba el párroco, el jefe político, el patrón o el presidente de la República. A cada uno de ellos le convenía que la gente no supiera leer o escribir, que fuera ignorante del mundo exterior –no fuera a comparar–. Vasconcelos apoyó a los muralistas, se empeñó en divulgar a autores clásicos. La Ilíada y la Odisea fueron textos con los que aprendieron a leer cientos de mexicanos. La educación era un valor en sí misma, no era el vehículo de una ideología, y mucho menos una mala costumbre regulada por una contraloría. Se aspiraba a que quienes dirigían las instituciones de educación y de cultura fueran líderes en esa comunidad, que no estaban en competencia con los líderes políticos, que aspiraran sobre todo a transmitir sus conocimientos a las generaciones jóvenes que serían por fuerza mejores.

El legado vasconcelista era uno de los tesoros que un gobierno entregaba al sucesor en el ánimo no sólo de que lo preservara, sino para que lo acrecentara porque era una de las riquezas del país. En 2018, para sorpresa de muchos, sobre todo en la izquierda, llegó al poder un gobierno que no cree en la escuela ni en la educación ni en la cultura. Así nos lo han hecho saber desde hace años antiguos críticos que ahora son funcionarios del sector y que han actuado en consecuencia. Han recortado presupuestos, han instalado mecanismos –no siempre honorables— para controlar a las instituciones del sector educativo y cultural, han hostigado a funcionarios de gobiernos anteriores; han mostrado tal indiferencia, cuando no desprecio, por todo aquello que puede nutrir el espíritu y el conocimiento –por ejemplo: la educación superior y la especialización–, que han destruido ya buena parte del tesoro que se les entregó.

No entiendo la razón partidista que justifica destruir lo mejor que tenemos; no entiendo por qué quienes se han esforzado en hacer una carrera académica ahora son descalificados porque no pensaban ni piensan como los que hoy mandan, que a la mejor ni piensan. Me es incomprensible la ofensiva de la Cuarta Transformación contra los sectores educados de la sociedad y contra las instituciones que los formaban, algunas de ellas ya irrecuperables. El trabajo de años que se invirtió en construirlas ha sido desechado sin ningún respeto, como si fuera un aeropuerto demasiado caro. Me horroriza pensar que estamos viviendo un episodio como los que en dictaduras hoy innombrables hundieron a la literatura, a la historia, en las tinieblas del pensamiento único, del conocimiento al servicio de un partido, de un eslogan político, de mártires guapos, pero falsos.

En su extraordinaria novela Kaputt, Curzio Malaparte describe el avance de las tropas nazis en el frente ruso, que presenció en su calidad de corresponsal del Corriere della Sera. Lo primero que hacían los alemanes al llegar a una población soviética era separar a los que sabían leer y escribir de los analfabetas. Éstos, convencidos de que en ello les iba la vida, se apresuraban a aprender de memoria los primeros renglones de la nota periodística que los soldados les hacían leer para probarlos. Entonces, debidamente categorizados, los alemanes fusilaban a los rusos alfabetizados.

En 1940, cuando las tropas soviéticas invadieron Polonia —por órdenes de José Stalin, aconsejado por el indescriptible jefe de seguridad, Beria—, congregaron en el bosque de Katyn a más de 30 000 polacos distinguidos, oficiales del ejército de alta jerarquía, miembros de la élite cultural y universitaria, políticos prominentes. Uno a uno el ejército soviético los ultimó. Andrzej Wajda, el director de cine polaco, reconstruye este terrorífico episodio en una película que se debería exhibir en una mañanera.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).

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Publicado en: Rebaño de elefantes

4 comentarios en “La Cuarta Transformación contra Vasconcelos

  1. Incomprensible su odio hacia las clases sociales alfabetizadas y hacia las instituciones educativas, algo lo hermana con la barbarie nazi, tal vez influya que su proyecto está herido de muerte, es un hombre impotente.

  2. López Obrador necesita un loquero, ahora arremetió contra la UNAM, acaso por que fue el gran proyecto educativo del PRI, que cosa curiosa hasta la izquierda defiende como si CU hubiera salido de la nada. Negar los hechos es negar la historia. Otra pejada más.

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