Maggie Thatcher y Andrés Manuel

El presidente López Obrador vive en un mundo de certezas envidiable. Está convencido de que todo lo que hace y haga en el futuro saldrá bien, y que el liderazgo que ejerce sobre un porcentaje importante de la población, le asegura trascendencia histórica comparable a la de Benito Juárez o a la de Francisco I. Madero. También está convencido de que su gobierno es de izquierda. Lo es, pero solamente dentro de los parámetros del espectro ideológico mexicano, que es tan estrecho que no admite matices ni contrastes, ni siquiera paradojas.

Ilustración: Ricardo Figueroa
Ilustración: Ricardo Figueroa

La económica contundencia de las definiciones de izquierda y derecha en México ha propiciado una notable distancia entre la izquierda como se conoce en el mundo y el lopezobradorismo que se autoidentifica como de izquierda, aun cuando viola algunos presupuestos básicos de la fuerza política cuyos referentes en el siglo XX son personajes y organizaciones de la talla de Willy Brandt, François Mitterrand, Tony Blair, el PSOE y el Partido Laborista inglés. Si el lopezobradorismo es la izquierda mexicana, semejante evolución sólo ha sido posible porque en nuestro país esa tradición y esas ideas han sido por completo desfiguradas por una táctica discursiva que consiste en no llamar a las cosas por su nombre, sino por el que decida arbitrariamente la autoridad. Sólo así se entiende que el lopezobradorismo sea hoy en México la izquierda.

Las ideas y las referencias de este movimiento político son poco claras salvo cuando de halagar al líder se trata. Las posturas de Andrés Manuel López Obrador en relación con las mujeres, la educación, el Estado, el progreso, el lugar de las Iglesias y del Ejército en la vida política son más cercanas a las del conservadurismo que tanto denuncia, que a la socialdemocracia, al pensamiento socialista o, incluso, a propuestas revolucionarias con las que pretende revestir sus decisiones de gobierno. El lema “Primero los pobres” tampoco es distintivo de la izquierda. También lo han utilizado otros, como las Damas Vicentinas.

El presidente López Obrador tiene mucho en común con Margaret Thatcher, la primera ministra inglesa, integrante del Partido Conservador, que se mantuvo en el poder desde 1979 hasta 1995, y que prácticamente fundó el neoliberalismo. En alianza con Ronald Reagan y con el papa Juan Pablo II, promovió políticas que debilitaron a la Unión Soviética y fue una de las capitanas de los ataques que provocaron el colapso del bloque socialista.

El actual jefe del Poder Ejecutivo en México piensa, como Thatcher, que la sociedad no existe, si bien la británica creía en los individuos y el tabasqueño en el pueblo. Tan abstractos unos como el otro, pero si el presupuesto de ambos es el mismo —que la sociedad no existe— sus decisones son similares; por ejemplo: ambos descalifican a las ONG y, en general, a otras asociaciones de la sociedad civil.

Maggie Thatcher aborrecía el consenso como principio de gobierno, como objetivo de las relaciones interpartidistas y como valor político. Le gustaba la confrontación y valoraba la lealtad personal de los miembros de su gobierno por encima de cualquier otra cualidad. Definía su mundo y sus relaciones políticas con base en una identidad definida por la pertenencia a su feligresía. Quien quisiera estar con Maggie tenía que ser “one of us” (uno de nosotros). El presidente López Obrador ha puesto esta condición a quien quiera ser poderoso en los siguientes términos: “Estás conmigo o contra mí”, aunque semejante exigencia prometa conflicto; si es necesario lo provoca, no le interesa reconciliar a nadie con nadie. Si surge un enfrentamiento entre los miembros de su gobierno, no interviene; lo mira como si se tratara de un procedimiento sanitario. Permite que el pleito llegue tan lejos como lo lleven sus protagonistas. Después, ya se verá. Seguramente apoyará al que sobreviva de la pelea de perros que se limitó a escuchar de lejos.

Tan antiestatista Maggie como Andrés Manuel, la diferencia está en que mientras ella reconocía que quería limitar, si no es que eliminar el intervencionismo estatal, el mexicano, en cambio, sostiene que defiende al Estado al mismo tiempo que lo mutila, lo debilita y lo destruye con la peregrina idea de que él lo puede sustituir. Y es que al inicio de su gobierno una integrante de su gabinete le dijo que el Estado era él, y, por lo visto, se lo creyó.

¿Quién le iba a decir a Thatcher que transportada a Tabasco su revolución iba a inspirar una Cuarta Transformación que busca en su genealogía a Hugo Chávez? La comparación entre Margaret Thatcher y Andrés Manuel lópez Obrador puede parecer abusiva. Sin embargo, creo que nos obliga a revisar el eje izquierda/derecha a partir del cual se organizaban instituciones, fuerzas, propuestas, porque a todas luces semejantes parámetros han perdido relevancia. Los líderes autoritarios pueden ser de izquierda o de derecha; las ideas importan poco, lo que se impone es la aturdecedora práctica del poder que tantas delicias les reserva: desde la vendetta personal hasta la inauguración de un aeropuerto de juguete.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958.

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Publicado en: Rebaño de elefantes

2 comentarios en “Maggie Thatcher y Andrés Manuel

  1. Siempre analisis certeros y atinados. Cabria añadir que, al menos, la Dama de Hierro sabia vestir respetando su investidura y, también, empleaba siempre lenguaje correcto.

  2. Maestra Soledad: Un saludo y magnífico artículo solo que… como mexicano, dudo mucho que en el mundo haya quien se le pueda comprar a AMLO o que éste sea comparado con alguien de estatura política; el redentor de los pobres, es una pobre caricatura de los políticos de este país surrealista, visto por André Breton, al lado De Diego Rivera. Un abraso.

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