La exacerbación de los rasgos populistas del presidencialismo lopezobradorista ha desembocado en el paroxismo que ha sido denominado consulta revocatoria, pero que es en realidad un plebiscito confirmatorio, según explicó el politólogo David Altman de la Pontificia Universidad Católica de Chile, en entrevista publicada por el periódico Reforma (07/04/2022). No se trata de un acto democrático porque para serlo tendría que haber sido convocado por los ciudadanos, como lo establece la Constitución, y no por el presidente de la Repúbica que utiliza la definición conceptual de una iniciativa popular para referirse a un plebiscito organizado por él mismo, promovido por él mismo, en beneficio de sí mismo y de su necesidad casi física de sentir que el pueblo entero se reconoce en su persona.

Los morenistas podrán decir que el voto revocatorio fortalece la democracia, pero bien saben —como todos nosotros— que tal y como está organizado refuerza el impulso hacia el levantamiento de un poder autocrático que se ha colocado por encima de la ley, sin más argumento que su propia soberbia. Este proceso destructivo de las instituciones que todavía nos gobiernan es una manifestación de la patología que aqueja a la versión del populismo que Andrés Manuel López Obrador ha puesto en práctica y que consiste en un crecimiento desenfrenado del egocentrismo del líder.
Sin embargo, la personalización exacerbada del poder del presidente tiene consecuencias indeseables en otras ramas del Estado sometidas a los ataques de los agentes del presidente cuya misión es trabajar en la destrucción institucional que inspira al presente gobierno. Así, los ministros de la Suprema Corte que han sido designados por López Obrador han introducido en el proceso de toma de decisiones ciertas prácticas “atípicas”, como lo explica Ana Laura Magaloni en su artículo “¿Cuatro votos?”, (Reforma, 09/04/2022) El ejemplo más alarmante de ellas es la transmisión televisada del proceso de formulación del proyecto de sentencia relativa a la inconstitucionalidad de la Ley de la Industria Eléctrica.
Como bien señala Magaloni, un proceso de esa naturaleza demanda tiempo, reflexión, discusión ponderada —algo muy ajeno al excitado entusiasmo de la ministra Loretta Ortiz—, cautela y prudencia. No obstante, cuando las cámaras de televisión apuntan a los ministros, frustran la posibilidad de que sostengan esas actitudes y traten, en cambio, de quedar bien con la cámara, suponiendo además que la televisión democratiza el pocedimiento y que el pueblo apreciará la transparencia con la que actúan los ministros. Un supuesto que es falso de toda falsedad, porque los intercambios entre ellos tendrán que ser técnicos, especializados y, casi por definición, aburridos; sólo la televisión sostiene la simulación populista que se extiende al Poder Judicial y se ha convertido en nuestro pan de cada día.
Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958.
Las sesiones de la Corte frente a las cámaras de televisión no son cosa nueva y desde que iniciaron recibieron críticas desde el exterior. Ésta práctica no existe en ninguna otra parte del mundo. La patología notable de López Obrador es la del tahur, del tramposo; la de todo aquel en quien es imposible confiar. La patología del tahur es la del traidor: incluye el pistoletazo a quemarropa por debajo de la mesa. No sabe perder ni negociar como lo hemos visto hasta la saciedad.