La violencia como rutina doméstica

Según el reporte del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en el último cuatrimestre ha aumentado la violencia contra las mujeres en México. Extorsiones, violación, secuestros, violencia doméstica se han multiplicado y van en ascenso.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

Cuando leo esa nota que describe el deterioro de la vida de las mujeres en nuestro país, se me hace un nudo en la garganta y me pregunto para qué sirve el gobierno si no puede proteger a los seres vulnerables que están permanentemente expuestas a ataques físicos y psicológicos que hieren de por vida. Mujeres golpeadas, violadas, desaparecidas, descuartizadas forman parte de nuestra realidad cotidiana, de las descripciones que se hacen de México en el exterior. Un ataque de locura colectiva parece haberse apoderado de hombres —que deben ser por lo menos decenas de miles, dado que los ataques contra las mujeres se cuentan por cientos de de miles.

Lo peor de todo es que esa violencia no es inimaginable, es una historia de todos los días. Sabemos que existe, probablemente conocemos  a mujeres que han sido golpeadas en su casa por el marido, el novio, el padre o el hermano. Hechos de este tipo ocurren en todas las clases sociales, en todos los países; le ha ocurrido a mujeres letradas y a las iletradas: Edmundo Wilson golpeaba a Mary McCarthy, para dar un ejemplo. Pero en países civilizados se castigan esas conductas criminales, se busca educar a la población, fijar límites al mundo aterrador en que puede convertirse la vida conyugal. Aquí públicamente condenamos esa violencia, pero en privado no la vemos. Un  ojo morado en una amiga o en una parienta no merece comentarios ni preguntas, y así lo tratamos por miedo, por supuesta delicadeza, porque “así pasa” o por “vete tú a saber si no se lo merecía”. Lo cierto es que la violencia doméstica no ha desaparecido y es la que más víctimas produce.

Hay muchos momentos memorables en la autobiografía de Mario Vargas Llosa, Como pez en el agua, pero ninguno se me ha quedado tan profundamente grabado como la escena en la que el niño y su abuela presencian impotentes la golpiza que el padre propina a la madre. El extraordinario escritor que es Vargas Llosa le transmite al lector toda la angustia de la abuela en la breve frase que llega a pronunciar: “Por piedad, Ernesto […]”. Agónica súplica que es, desde luego, ignorada.

La frase me obsesiona. Pienso en toda la carga que lleva: la impotencia de la mujer, la brutalidad del marido; pero es mucho más que eso. Me pregunto cómo la entienden las autoridades. ¿Como un asunto privado? ¿Como un fenómeno cultural inquebrantable? ¿Consideran que son crímenes que merecen la cárcel o lo ven simplemente como un asunto personal? ¿El sacrificio de las mujeres y la violencia en su contra es tan común que forma parte de las rutinas domésticas, como preparar el desayuno, lavar los platos o hacer la cama?

Durante siglos la violencia psicológica y física contra las mujeres fue vista como un derecho de los hombres que se servían de ella para hacer valer su superioridad, su autoridad y una jerarquía familiar en la que el hombre mandaba. Las mujeres han sido las víctimas propiciatorias de las frustraciones de los hombres, incluso cuando nada tienen que ver con ellas.  Me gusta creer que ya superamos la etapa en la que el hombre daba muestras de amor a trompadas. “Si me pega es porque todavía me quiere”. Sin embargo, los números del secretariado me desmienten, y por ahí recorre el ambiente propicio a las conductas violentas sobre las mujeres. En los años cincuenta se puso de moda una canción francesa, C’est mon homme, con la que una mujer celebraba golpes y explotación de “mi hombre” como ocurrencias normales, inevitables, aceptadas. La versión en español de esa canción que consagró la cupletera Sarita Montiel describía lacrimosa la violencia doméstica con un: “Es mi hombre. Si me pega me da igual, es natural, que me tenga siempre así porque así lo quiero yo, […]”. Yo me pregunto quién se atrevería a cantar esas líneas en 2022 y, sin embargo, la violencia doméstica persiste.

Entre nosotros la violencia contra las mujeres no cesa;  y continuará en tanto el Estado mexicano no reconozca que las mujeres son quienes aseguran la trascendencia de una sociedad, su supervivencia. Mientras el poder público no vea en la seguridad de las mujeres una prioridad, mientras cierre los ojos ante la emergencia, mientras el Estado no prevenga ni castigue la violencia que las acosa; es como si la avalara con leyes que no se cumplen, instituciones que no funcionan. Hasta ahora el único mensaje claro que recibimos es que a nosotras nos tocan más balazos que abrazos.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958.

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Publicado en: Rebaño de elefantes

4 comentarios en “La violencia como rutina doméstica

  1. Esta clase de violencia es de raíces antropológicas; la violación en el matrimonio fue vista como un derecho, y no hace tanto que la Corte, no sin titubeos reconoció esta realidad, toda vez, que el código civil establecia las relaciones sexuales como el debito carnal en el matrimonio, esto, es obvio, en detrimento de la mujer. La epidemia actual es en parte la visibilización de una realidad que se mantenía oculta por diversos patrones culturales a nivel global. Recuerdo haber leído no hace mucho que un expresidente de USA – acaso Nixon- de una golpiza mandó al hospital a su esposa. El periodista que narró el hecho declaró que en su momento este le pareció normal. La misoginia es una realidad que resulta ser asunto de dos, tal y como lo expresa la letra de la canción que cita. El asunto es complejo y pasa por el sadismo. La discución está abierta.

  2. Lo más grave es que en la actualidad se ha perfeccionado la forma de la violencia, del maltrato, no solo es física, ahora la violencia psicológica dentro de su invisibilidad es más visible.

  3. ¿Podemos imaginar peor violencia sicológica que la que experimenta un hombre cuando es arrojado al desempleo por las fuerzas invisibles del mercado? ¿Y acaso a esta violencia sicológica sin par no se suma otra igual o peor cuando la mujer le niega los favores sexuales, es decir, el debito carnal en la fórmula del Código Civil? La violencia sicológica también es de la mujer en contra del hombre, y también se dan casos de violencia física de la mujer contra el hombre. El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra. ¿No acaso es el hombre el que marcha a la guerra y si regresa regresa mutilado? ¿Acaso tienen razón las feministas que equiparan el matrimonio con la prostitución?

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