Me pregunto de qué está hecha Yasmín Esquivel, que se ha mantenido aferrada al cargo de ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) y que defendió con uñas y dientes su candidatura a la presidencia de la Corte, ante las acusaciones de plagio en contra del trabajo que presentó como tesis de licenciatura. La simple sombra de la duda debía bastar para que hubiera renunciado indignada por la calumnia o avergonzada por la trampa en que la pescaron. Para alivio de quienes temíamos que el desenlace de esta crisis fuera un paso más hacia el desmantelamiento de las reformas políticas de los últimos treinta años, el buen juicio se abrió paso y Yasmín ha quedado más exhibida que el capote de un torero en una tarde de domingo. Su credibilidad se colapsó desde el día en que estalló el escándalo, y todas sus sentencias, pronunciamientos y declaraciones quedaron y quedarán bajo sospecha. La actitud que ha adoptado desde que regresó a las instalaciones de la SCJN y su declaración en la que asegura: “Yo no tengo nada de qué avergonzarme” dan prueba de un cinismo que no tiene cabida en la magistratura.

El principal objetivo de la valiente exhibición que hizo Guillermo Sheridan del engaño de Yasmín no era dañar su honorabilidad, destruir su prestigio, tergiversar su fama pública; sino defender a la universidad de sus enemigos internos —los plagiarios— y de sus malquerientes externos. Del escándalo la responsable es sólo ella, aunque no es la única protagonista de este vergonzoso capítulo de la SCJN y de la carrera de Derecho de la UNAM, como lo revela el análisis que hizo la universidad y que el propio rector Enrique Graue dio a conocer a la opinión pública; también se demostró que la institución tiene recursos para defenderse de individuos inescrupulosos y de disputas que le son ajenas. El despido de la universidad de la profesora Martha Rodríguez Ortiz, que aparece como directora de la tesis presentada por Yasmín Esquivel en 1987 y de otras dos o tres idénticas, se justifica plenamente; la maestra es responsable del fraude y cómplice en el engaño.
Martha Rodríguez Ortiz rechazó las acusaciones y habló de una campaña de desprestigio contra la mujer. Luego sostuvo que en 45 años de carrera universitaria ha dirigido 507 tesis. Cuando primero leí la nota me invadió una ola de admiración, y cuando recuperé la respiración hice cuentas: cada trabajo tiene al menos 120 cuartillas. Esto significa que ha leído más de 60 000 cuartillas, tan sólo de las tesis en su versión final; pero ese número aumenta de manera significativa si calculamos las revisiones que hay que hacer de cada tesis, salvo si son aceptadas como producto terminado desde el primer ejercicio, lo cual es bastante improbable. ¿507 tesis? No me lo creo, y si así fuera, entonces se explica la repetida duplicación de trabajos bajo su dirección y que haya olvidado o confundido nombres, títulos, sesiones de asesoría y hasta apasionados agradecimientos.
Muchos fueron los engañados por la dupla Esquivel-Rodríguez Ortiz, pero no deja de ser grave que el primero de ellos haya sido el presidente de la República, a quien Yasmín Esquivel aparentemente le ha hecho creer que es una gran jurista, o cuando menos una gran actriz. Sin embargo, López Obrador minimizó la inmoralidad del plagio que cometió su candidata a la presidencia de la SCJN y la defendió con el extraño argumento de que con sus mentiritas ha hecho al país menos daño que el que han podido hacerle ciertos historiadores y escritores. Sólo que esto tendría que demostrarlo porque hasta ahora los denunciados son, antes que nada, una obsesión presidencial y lejos están de ser una fuerza nacional o representar una institución central para la república, como lo es el Poder Judicial. Si sus nombres han adquirido grandes dimensiones, si su presencia en el escenario político se ha acrecentado, ha sido gracias a Andrés Manuel López Obrador, que nos ha dicho de todas las maneras posibles que estos personajes le quitan el sueño. No nos queda muy claro por qué, pero es evidente que Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín son para el señor presidente Belzebú y Lucifer y los tiene que combatir a diario porque al frente de un ejército de crueles neoliberales atacan sin descanso a la 4T.
Pese a las repetidas denuncias no me creo esta historia del asalto de las fuerzas del mal contra el virtuoso lopezobradorismo. De llegar a la presidencia de la SCJN, Yasmín Esquivel habría hecho un gran daño a la nación porque su sola presencia en la Corte es un ataque a los valores que sustentan las instituciones académicas, que nutren a profesores e investigadores universitarios que los cultivan: la honestidad intelectual, la originalidad, el respeto al trabajo de otros, el amor al conocimiento, el compromiso con la verdad. Nada de esto puede acreditar Yasmín Esquivel; y si las decisiones de la Corte quedan a su alcance, corremos el riesgo de poner ya no la Iglesia en manos de Lutero, sino la república en manos de Antonio López de Santa Anna.
Soledad Loaeza
Profesora investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958.
Como siempre de atinado e inteligente su artículo estimada Soledad, le felicito y le expreso mi admiración.
Maestra Soledad de todos nuestro respeto. En lo particular, el decoro de la APCJ, quedó por los suelos, pero que expresión tan taurina, Yasmín «La Plagiaria» y ¡olé!, de nacionalidad mexicana (el agrego es nuestro), ha quedado más exhibida que que el capote de un torero en una tarde de domingo y es cierto, pero como en México de gloria suma no pasa ná, Yasmín seguirá cobrando como «menistra» del Corte Suprema, porque no tiene nada de qué avergonzarse. Un abrazo muy taurino doña Sole. Vale.